Artículo completo sobre Travassós: el alma rural de Fafe entre viñas y ríos
Pasea por el pueblo donde el mosto huele en septiembre y la sueca se juega los martes
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El aire de la mañana huele a tierra removida y a lumbre contenida. Aquí no se habla de 357 metros de altitud: hay un monte que llaman «más arriba» y otro «más abajo», donde el río se adivina antes de verse. Travassós despierta a sacudidas: primero el gallo del señor Arménio, luego el tractor de José Manel que arranca a las seis y media en punto, justo al lado de la ventana donde aún se dormía.
Lo que da la tierra
Las viñas no son «geométricas»: son muros de piedra que el tiempo fue deshaciendo; cada parcela conoce al dueño por el nombre de la mujer que la heredó. La uva es loureiro, arinto y esa media docena de pies de azal tinto que el padre del Sequeira se niega a arrancar. En septiembre, el olor al mosto se pega a la ropa y las manos se vuelven negras durante una semana. La carne barrosã viene de El Gajo, tres quintas más arriba: se compró ayer y ya está en salazón. La miel es de Toninho, que no tiene DOP alguna, pero tiene un tono que solo aparece cuando las brezos florecen tras un aguacero de verano.
Quien se queda
Las cifras dicen 1 444, pero quienes cuentan son los 22 niños que cogen el autocar a las ocho en la parada de la Coca-Cola, los siete veteranos del vestuario que aún juegan a la sueca los martes y los tres extranjeros que compraron la casa del cantero y ahora preguntan dónde está el centro de salud. Hay dos alojamientos rurales: uno se llama «Casa do Lagar» y tiene una piscina que nadie usa porque el río está más fresco. La tienda de doña Alda vende leche en bricks y sacrifica gallinas en la puerta, según el día.
El final del día
Cuando el sol se pone tras el castaño grande, la piedra de la iglesia se vuelve color miel y el cementerio parece más grande. Es la hora en que los nietos llaman para preguntar si se ha tomado la pastilla, en que la cafetería de la cruce se llena de olor a queso de olla y de conversación sobre el precio de la leche. No hay puentes monumentales: hay un puente de madera que Claudio arregló el pasado otoño, donde los niños se lanzan en bici y donde un día el abuelo nos enseñó a nadar con las medias de la abuela haciendo de arnés.