Artículo completo sobre Brito: el pueblo que suena a campana y olor a parra
Entre viñedos y la A7, Brito guarda sus 8 siglos de ferias, gallinas y silencio.
Ocultar artículo Leer artículo completo
El badajo único de la campana de la iglesia —hierro fundido que suena ahogado los días fríos— parte la mañana en dos. Lo primero que atraviesa es el olor de la hierba mojada, después el vinagre seco de las hojas de parra que los tres últimos deshielos han pegado al suelo de las eras. La autopista A7 existe, claro, pero quien vive en Brito la percibe como un zumbido de abejas lejos de la colmena: bajo el viaducto, en la recta de Bouça, aún se cogen almendras silvestres para la compota.
Ocho siglos yendo al mercado
Fue en 1255, pero lo que importa es que aún hoy se sale a las siete de la mañana para la feria de Guimarães —los viernes— con los huevos de las propias gallinas en el asiento del copiloto. El nombre «Brito» no tiene ningún romance: viene del latín vicus brittus, tal vez, pero en la tasca del Lopes dicen que es porque «britar» es partir piedra y aquí sobra en los muros. Durante siglos se llevó centeno y vino tinto al pueblo; hoy se lleva el coche aparcado en el Parque das Hortas y se trae el súper en el maletero.
Caminar por Brito exige atención: el suelo cede en zonas donde el gusano ha trabajado bajo las bermas. Los campos de maíz desaparecen —han dado paso a pastos para los caballos de deporte de los hijos de los emigrantes. Las casas nuevas de granito tienen ventanas oscilobatientes Gris Humo; las antiguas aún lucen la pila de lavar donde la abuela frotaba la ropa con ceniza de vid. Densidad poblacional: 4774 almas, pero el lunes parecen 800, la víspera de la boda de Zé son 6000 y el domingo por la mañana no pasan de 300.
Entre la cesta y el cementerio
El calendario religioso es el que es: misa los domingos a las 10.30, bautismos solo con cita previa. La romería de São Torcato pasa por la puerta, pero nadie de Brito va a pie —va en coche, aparca en la rotonda, toma un caldo verde en la tasca y vuelve antes del fuego artificial. La iglesia sirve para las ceremonias, pero el verdadero punto de encuentro es el cementerio: el fin de semana hay más gente junto a las tumbas que en el atrio, porque allí se comentan los precios de la plata y se enseñan fotos de los nietos por WhatsApp.
No hay restaurante. Se come lo que trae la cesta de la hija que trabaja en el Minipreço de Urgezes: si toca rojões, toca; si toca lasaña congelada, también. El vino es del año pasado, aún con heces, servido en vasos de cerveza porque los de vino están todos rotos. El embutido existe, pero la matanza viene de Tarouquela —en Brito ya nadie mata al cerdo, falta espacio para sangrarlo sin que los vecinos llamen a la GNR.
La distancia que cabe en el bolsillo
La paradoja es el billete de autobús urbano: 1,65 € a Guimarães, dura ocho minutos hasta la estación, pero tarda media hora porque el conductor para en cada acera para recoger a la madre del chico que hace el turno de las tres. Al final del día se vuelve antes de las siete para no tener que subir la carretera comarcal con los faros rotos. Se ve la Penha, sí, pero lo que se ve de verdad es el farol de la Taberna da Lixa apagándose a las dos de la madrugada y el perro del Sequeira ladrando a la luna.
Cuando el sol se pone detrás del tejado del Taller Brito e Hijos, la piedra se vuelve color de miel vieja y huele a leña quemada en la cocina de sala. El telediario suena bajo, porque la vecina de al lado ya se ha quejado. La vida sigue —no es bonita, no es fea, es solo lo que queda después de pagar la cuota del Opel Corsa y regar el tomate antes de ir a dormir.