Artículo completo sobre Fermentões: la lucha grabada en la piedra
El pueblo donde la plaza recuerda puños de feria y el río guarda arcos medievales
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El primer sonido que se distingue, al bajar al Largo do Eirô, no es el tráfico ni el viento: es el eco de los pasos sobre el empedrado irregular, losas gastadas por siglos de ferias y gente. El suelo de piedra conserva la textura original, esa misma superficie donde, hasta los años sesenta, los hombres medían fuerzas en luchas de brazo durante las fiestas. Hay una ligera concavidad en el centro de la plaza, como si la piedra hubiera memorizado el peso de todos los cuerpos que allí se inclinaron. A pocos metros, el chafariz del siglo XVIII deja caer un hilo de agua continuo, y el sonido se mezcla con el gorjeo de los plátanos. Fermentões despierta así: despacio, húmeda, con olor a tierra mojada y a granito frío.
El fermento y la carretera
El nombre lo dice casi todo. Fermentum — fermento — alude a una tierra que desde siempre produjo pan o vino, o ambos. La primera referencia documental segura data de 1059, en una donación al monasterio de São Mamede de Fermentões, y en 1258 la población ya constaba en los Inquéritos de Afonso III como lugar con foral. Lo que hizo crecer este núcleo no fue solo la fertilidad de la terraza aluvial del Ave, sino la carretera medieval que unía Guimarães con Galicia — y, con ella, el flujo constante de peregrinos, mercaderes y soldados. El paso dejó huellas: la Ponte de Fermentões, levantada en el siglo XIII sobre el río Ave y reconstruida en el XVIII, aún sostiene el peso de quien la cruza, sus arcos reflejados en el agua turbia cuando la corriente se calma. Caminar sobre ella es sentir, bajo las suelas, la vibración sorda de una estructura que ya cargó carros de bueyes y comitivas reales.
Retablo de oro y una cifra por descifrar
La iglesia parroquial, del siglo XVI, guarda el elemento patrimonial más notable de la parroquia: un retablo manierista catalogado como Bien de Interés Público. Dentro de la nave, la luz entra oblicua por rendijas estrechas y incide sobre la talla dorada, creando un brillo irregular que parece pulsar. El aire tiene ese frío específico de las iglesias de granito — un frescor mineral que persiste incluso en agosto. En el atrio, el pelourinho del siglo XVI, trasladado allí en 1932, se alza como centinela silencioso. Más allá, la Capela de São Torcato, del siglo XV, destaca por la torre campanario cubierta de teja de escama — un revestimiento poco común que, con la luz rasante de la tarde, adquiere tonos entre el ocre y el óxido. Y está el Cruzeiro de Serzedelo, fechado en 1789, con una cifra inscrita que aún nadie ha descifrado del todo — un enigma grabado en la piedra que resiste a tres siglos de curiosidad.
Aquí, el padre António Maria Ribeiro — que sirvió a la parroquia entre 1923 y 1957 — solía decir que “la piedra habla, pero solo quienes tienen paciencia para escuchar la entienden”. La frase quedó grabada en una placa de bronce colocada en 1998, junto al cruzeiro, por los nietos del cantero José da Silva Azevedo, el mismo que esculpía las lápidas del cementerio con letras tan perfectas que parecían escritas por mano de monje.
Humo, castaña y yemas de huevo
La gastronomía de Fermentões tiene la densidad de quien trabajó la tierra y la fábrica a la vez. Los rojões a la manera de la tía Alice — servidos en el restaurante “A Cozinha do Eirô” — llevan castaña de la Serra da Penha, no como adorno, sino como base: la dulzura harinosa equilibrando la grasa del cerdo. El caldo verde se hace con chouriça de Carne Barrosã DOP, y los miércoles el horno comunitario de Serzedelo, gestionado por la asociación “Raízes de Fermentões”, aún abre para quien quiera llevar la masa fermentada de la víspera — el olor a leña se mezcla con el pan recién nacido, y siempre hay quien trae una botella de vino blanco para “mojar el diente”.
Las papas de sarrabulho se sirven el domingo siguiente a la romería de São Torcato, espesas y oscuras, con el regusto metálico de la sangre cocida — la receta es de la familia Araújo, que desde hace cuatro generaciones abre la puerta del número 42 de la Rua do Cruzeiro para ofrecer el plato a quien pasa. Y luego está el toucinho-do-céu de la Padaria Central — dulce conventual de yemas y almendra, tan denso que una fina rebanada basta para endulzar toda la tarde. Para beber, vino verde DOC de las variedades Loureiro y Azal de la Quinta da Ponte, o, para quien prefiera fuego lento en la garganta, la aguardiente vieja “Magnífica” envejecida en toneles de roble en la bodega del Seixoso.
La vía, la fábrica y la “pipa”
El siglo XIX trajo el ferrocarril y, con él, la transformación. Joaquim Augusto de Azevedo fundó la Fábrica de Hilatura y Tejidos de Fermentões, y la parroquia se convirtió en uno de los principales centros industriales del municipio. La antigua línea del Tâmega no servía solo a viajeros: un vagón-cisterna, bautizado por los lugareños como “pipa”, transportaba agua para alimentar la fábrica. La estación ferroviaria, con su arquitectura decimonónica típica, sigue en pie — hoy es sede del Centro Interpretativo del Valle del Ave, donde se puede ver la maqueta de la antigua fábrica construida por el maquinista António “Toi” Cerqueira durante 17 años de servicio en la línea.
Fue en este contexto fabril donde María da Conceição Azevedo se destacó, convirtiéndose, en 1946, en la primera mujer elegida concejala en el ayuntamiento de Guimarães — un hecho que la parroquia guarda con orgullo discreto. La placa con su nombre está colocada en la fachada de la antigua escuela primaria de la Rua do Progresso, hoy transformada en residencia de ancianos.
Levadas, robles y vacas de lomo ancho
El Trilho dos Valos (PR1 GMR) se extiende por ocho kilómetros entre Fermentões y Serzedelo, siguiendo levadas y atravesando bosques de roble alvarinho donde la luz se fragmenta en manchas verdes y doradas. El camino desciende hasta zonas húmedas junto al río Ave y al Selho, hábitat de garzas reales que levantan el vuelo rasante a la superficie — los pescadores de la “Asociación de Pesca Deportiva del Ave” dicen que los mejores lugares están justo bajo el puente románico, donde el agua hace una curva y los peces se cansan de nadar contra la corriente.
En una ruta más corta, el Trilho da Cascata — señalizado con marcas amarillas del Club de Montaña de Guimarães — dibuja un círculo de dos kilómetros que pasa por la cascada de la Levada da Roda, donde el sonido del agua al caer sobre la roca crea una especie de pared acústica que amortigua todo lo demás. En los pastizales de alrededor, vacas de raza Barrosã — lomo ancho, pelaje castaño oscuro — mastican con la cadencia lenta de quien no tiene prisa ni destino. El pastor Manuel “Barrigão” conoce cada una por nombre: “Ésa de ahí es la Perpétua, ya tiene 14 años y aún da leche para hacer el queso de la sierra que mi mujer vende en la feria de São Torcato”.
Fuego en la noche de mayo
En la madrugada del 3 de mayo, la Festa das Cruzes de Serzedelo enciende hogueras a lo largo del recorrido de la procesión luminaria. Las llamas proyectan sombras largas sobre las fachadas de granito, y entre ellas se alzan voces en cantares al desafío — versos improvisados, ásperos, con la ironía seca del Minho. El grupo “Os Rouxinós” — formado por vecinos de la Rua do Calvário — mantiene viva la tradición, y no es raro oír a António “Tó” Silva lanzar un desafío al primo homónimo: “António da Silva, si tienes valor, vente aquí a la hoguera a decir lo que te pesa en el alma”.
En la noche del 5 al 6 de enero, los Cânticos de Reis traen grupos de mascarados por las aldeas, figuras cubiertas de paja y harapos que llaman a las puertas pidiendo aguardiente — la procesión sale de la iglesia de São Torcato a las nueve de la noche, y solo acaba cuando se bebe el último vaso en la taberna del “Zeferino”, donde el dueño, el señor Carlos, aún sirve el licor casero hecho con hierbas del huerto. Y el martes de Carnaval, el Enterro do Bacalhau transforma las calles en un cortejo satírico donde nadie escapa a la burla — la comitiva sale del Largo do Eirô a las tres de la tarde, y el bacalao de papel maché, cargado por los miembros del “Grupo de Bombos de Fermentões”, es enterrado en el jardín de la Casa del Personal de la antigua fábrica, con misa de cuerpo presente y todo.
Fermentões tiene 5.739 habitantes, una densidad de más de 1.500 personas por kilómetro cuadrado, y está a pocos minutos del Centro Histórico de Guimarães, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Pero lo que permanece, después de irse, no es la cercanía a nada. Es ese suelo del Largo do Eirô — las losas cóncavas, lisas, con la huella invisible de mil puños apretados — y el sonido del chafariz que sigue corriendo para nadie.