Artículo completo sobre Gondar: flores que aguantan pisadas y vino que burbujea
Entre la Sierra de Santa Comba y el arroyo cantarín, el pueblo teje alfombras de papel que la Romerí
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El arroyo de Gondar es de esos vecinos que nunca cierran el grifo: lleva siglos corriendo entre muros de pizarra y los molinos aún recuerdan cuando moler trigo era el Netflix de la comarca. El pueblo se agarra a un plateau a 153 metros, pegado a la ladera como quien ahorra zapatos, y si el vino verde sale gasificado es porque la tierra tampoco soporta lo inmóvil. ¿Empieza agosto? Prepare el estómago: decenas de voluntarios pasan la noche de rodillas pegando flores de papel —alfombras de kilómetro que solo sirven para que la Romería de São Torcato las pise. Es la mayor del ayuntamiento y, créame, hasta el cura se queda afónico.
La piedra que habla más que muchos
Aquí hay gente desde la Edad del Hierro: los castros se asoman arriba, en la Sierra de Santa Comba. Llegaron los romanos, vieron estaño y oro en las vegas de Orbacém y dejaron hoyancos que hoy parecen huellas de huevos de caballo gigantes. «Gondar» puede venir de «Gondarum» o ser un chiste etimológico; lo que importa es que los campos siguen repartidos a la antigua: cada familia con su trozo, su viña y la certeza de que ningún político se lo agrandará.
La iglesia parroquial es del XIX, tipo pastilla de regaliz: neoclásica por fuera, dorado exprés por dentro. Llegue antes de las diez: el sol se cuela por la reja y se posa sobre el retablo como mantequilla en una tostada. A doscientos metros, la capilla de São Torcato acoge miles el domingo siguiente al 15 de agosto. La procesión arranca en Guimarães, luces intermitentes, coros cantando, caldo verde goteándole por la barbilla. Consejo: lleve botella propia o beberá en cuenco de barro y arruinará el lápiz labial.
El horno que nunca enfría
En mayo, Serzedelo celebra la Fiesta de las Cruces. El cruceiro de 1623 sigue ahí plantado, más viejo que medio mapa europeo. El horno comunitario se enciende al caer la tarde: vaya a ver a las señoras discutir si el bizcocho está «templado para las tazas» mientras los tíos remueven los rojões con vara de olivo. Mesa callejera, vino en jarro de barro, charla que termina cuando se apaga el puro de «Tino» de la taberna. Pruebe la chanfana —cabra o carnero según lo que sobre en la granja— y deje el plato encima de la barra: es la forma local de decir «estaba bueno».
Sendero corto, piernas largas
El Sendero de los Molinos son 5 km que empiezan en el puente donde los peregrinos tropezaban antes de que la nacional cortara la carretera. Hágalo al amanecer: la niebla esconde el desnivel y da la impresión de estar en un capítulo de La 2. A las siete ya suenan los primeros cánticos de la romería; a las ocho huele el pan recién salido del horno; a las nueve descubre que no lleva agua y el primer bar solo aparece al final. Se puede ir en chanclas, pero no lo aconsejo: la pizarra resbala más que una promesa electoral.
Cuando las farolas se enciendan, Gondar no grita: murmura. Es el campano lejano, el humo de la castaña que se pega a la camiseta, la alfombra de flores que mañana desaparecerá y volverá el próximo agosto, como el amigo que solo aparece para pedir prestada la taladradora. Quédese hasta el final, regrese con los pies pelados de tanto andar y, si aún puede articular palabra, el «Sequeira» de la tasca le sirve una caña que sabe a medicina.