Artículo completo sobre Infantas, el valle que no se regala
Campanas de granito, vino verde de bodega y 17 aldeas que se niegan al tiempo
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El sonido llega antes que la imagen: la campana de la iglesia de Infantas no dobla, dispara. Un golpe seco que se expande por el valle como un grito que despierta a su propio eco. Es mayo, la estación en que tiendes la ropa y no se seca; y, aun así, el verde de los campos brilla de un modo sospechoso, como si la tierra compitiera consigo misma. A 465 metros de altitud el aire es tan fino que respirar parece un brindis: entra en los pulmones y te recuerda que estás vivo, sí, pero despacio.
Infantas no se regala. Hay que descubrirla como quien busca la llave del portón equivocado: doblas la esquina y ahí está otro cruceiro, otra viña, otro perro que ni ladra, solo te mira. Diecisiete aldeas esparcidas en 649 hectáreas, 1.740 vecinos y un montón de muros de pizarra que, si hablasen, dirían «déjame en paz». La densidad es de 268 hab./km², pero parece menos: las voces se pierden en el relieve, el silencio es tan grande que hasta el río Ave suena a conversación de mesa al fondo.
El nombre que nadie aclara
Dicen que «Infantas» viene de alguna princesa que pasó por aquí, o se quedó, o fue enterrada —nadie pone fecha al cuento. Lo cierto es que hay iglesia desde el siglo XIII y la piedra no miente: es la misma del granito que forma las casas, los suelos, las lápidas del cementerio. La capilla de São Torcato, en la zona de Serzedelo, es otro caso aparte: en julio se llena de gente que jura que el santo le curó la bilis o la factura del gas. La misa de campana empieza al sol que pela y acaba de noche con rissoles de lechón y música de santo popular —ese reggaetón que nadie reconoce bailar.
Lo que se come y bebe
Infantas es vino verde, pero no el de garrafita de supermercado: es el que hace el tío en la bodega, lo prensa a mano y guarda en damajuanas de boca ancha. Blanco, ligero, con ese puntito de petróleo que hace que el pescado frito pida perdón por existir. Acompaña papas de sarrabulho que sostienen el tenedor enhiesto, rojão al coloráu que tiñe plato y camiseta, y broa de maíz que, si no está caliente, sirve de piedra de empedrado. Los embutidos —salpicón, chorizo, morcilla— curan en el ahumado junto a la chimenea; el humo es tal que hasta el gato huele a tostón.
Fiestas que duran lo que han de durar
En mayo se celebra la Festa das Cruces: los cruceiros se visten de amapolas y margaritas, las velas se derriten en cafés exprés que obligan a olvidar y los bolos corren más rápido que el cura. En junio toca San Antón: hoguera en la plaza, sardina que salta de la parrilla y el bailoteo que solo termina cuando la batería del equipo de música muere —o cuando la GNR pide educadamente que «pensemos en la cama».
Donde se va a gastar los zapatos
Hay dos senderos que merecen la pena: uno une Serzedelo con Infantas, otro sube a la capilla de Nuestra Señora del Carmen. Empieza temprano, lleva agua y no hagas caso al GPS: intentará mandarte por una finca con un perro bravo llamado «Asesino». Arriba, la vista es de ésas que hacen el móvil parecer tonto: viñas en bancales, el Ave abajo haciendo de río y un aire tan limpio que parece blanco.
Cómo se guarda
No hay selfie posible. Infantas se guarda en el olor al mosto que entra en las botas, en el granito que desgasta las rodillas, en la campana de las siete que hasta el perro del bar obedece. Llévate todo eso —y recuerda que el vino verde, bebido a la sombra, solo desgasta el corazón.