Artículo completo sobre Polvoreira: el pueblo que aún huele a mosto
Polvoreira (Guimarães) guarda casas de ladrillo visto, viñedos secretos, bar de Zé Manel y fiestas donde cruces de papel cruzan la N101.
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El repiqueteo de los martillos sobre chapa metálica llega desde los talleres de la carretera nacional, pero no es ese el sonido que me devuelve a Polvoreira. Es el silencio que cae después de las seis, cuando las máquinas se callan y, por fin, se oyen los mirlos. La parroquia creció deprisa: casas de ladrillo visto entre muros de granito que aún resisten, como cicatrices que rehúsan cerrarse. A cuatro kilómetros de Guimarães, pero lo bastante lejos para que el turista no pierda el tiempo en llegar.
La geometría del crecimiento
Dicen que somos 3.545, pero nadie cuenta los que duermen en bajos ilegales ni los brasileños que comparten habitación. Las viviendas nuevas tienen puertas blindadas y ventanas que nunca se abren; los niños juegan en la calle, pero hay que esquivar los coches encalados sobre la acera. No hay hoteles, ni terrazas, solo el bar de Zé Manel donde se sirve una caña a euro y medio y se discute del Vitória.
La escuela tiene 368 alumnos, pero las aulas se vacían. Los jóvenes prueban suerte en Lisboa o en Francia; los mayores se quedan con casas demasiado grandes y el jardín lleno de malas hierbas. Aun así, comparado con Carapelhos o Urgezes, aquí aún se ven criaturas en la calle: señal de que algo pulsa.
Entre el Valle del Ave y los Vinhos Verdes
El terreno donde planté tomates con mi abuelo es hoy el parking de Continental Mecánica. Pero si subes la calle de la Iglesia hasta el final, aún descubres una viña en el patio de Dona Alda: racimos pequeños, ácidos, que vende al vecino para hacer vino de mesa. El granito no se va: está en los muros que se deshacen, en los alféizares, en el quiosco de la feria que nadie restaura desde hace veinte años.
En la carnicería de Américo aún se compra ternera barrosã cuando hay fiesta —no todos los días, sale cara—. El resto del año es paleta, salchichas caseras y pollo traído de Penafiel. El domingo toca caldo verde con la col del huerto, si queda huerto.
Fiestas que cruzan la carretera
Nuestra fiesta es en agosto, Nuestra Señora de la Salud, pero no viene nadie de fuera. Montan la caseta en la explanada de la iglesia, el párroco trae un grupo de rock góspel desde Braga y los mayores protestan: antes era mejor. La Romería de São Torcato es distinta: todo el mundo va, pero es en Serzedelo, no es nuestra. Nos acercamos en coche, aparcamos mal, compramos una empanada de chourizo y volvemos a casa. Es lo que hay.
Por la noche, cuando los vapores de sodio se encienden, la carretera se tiñe de naranja como si fuera otro sitio. Los perros ladran de casa en casa, se oye la tele de la vecina —siempre demasiado alta— y el olor a ropa tendida se mezcla con el humo de las chimeneas. No es aldea, no es ciudad. Es donde vivimos.