Artículo completo sobre Prazins: cal viva y niebla que no perdona
Un pueblo de 1.267 almas donde el pan raya y la fiesta huele a pólvora
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La cal de las paredes, echada a mano, pica en los ojos antes de las nueve. Prazins no se extiende: se aferra al terreno como quien se sujeta el abrigo contra el viento. Censo oficial: 1267 vecinos. En la práctica, menos: el domingo por la mañana faltan los que se fueron a estudiar a Braga y los que emigraron a hacer autopistas en Francia. Sobran los muros altos, las parras que cuelgan uvas pequeñas y agrias, y el olor a estiércol que sube de los huertos tras la lluvia.
Vino que quema y pan que raya
El blanco de parra se bebe a escondidas en los pajares, tan verde que cruje entre los dientes. Quien no quiera acidez le añade un chorro de gaseosa y listo. La carne Barrosã viene de fuera, sí, pero aquí se adoba con colorán de la tierra y se mete en el horno de la panadería los días que José enciende la leñera: los viernes, si no llueve. El pan es del día siguiente: denso, miga amarilla, que te raya la garganta si no lo mojas en el caldo.
Escuela cerrada, puertas abiertas
El colegio cerró en 2015; ahora es centro de día. Dentro, los nietos visitan a los abuelos el fin de semana y traen tablets que los mayores confunden con tablas de planchar. En el patio de tierra aún se marca la línea del fútbol con cal; cuando se acaba la tiza, se usa yeso de albañil. Los críos juegan con botas rotas; los perros de Castro Laboreiro duermen al sol y solo ladran si el cartero llega antes de las once.
Fiesta, tracas y bocadillos de ternera
La Romaría de São Torcato es el primer domingo de septiembre. Quien vuelve come bocadillos de ternera en pan de corteza gruesa y cervezas que saben a detergente si el vaso no se aclaró bien. Las mujeres llevan ramas de romero en la cabeza que acaban en la brasa; los hombres discuten el precio del abono como si del futuro del mundo dependiera. A las diez de la noche los cohetes asustan a las ovejas y el cielo huele a pólvora tres días seguidos.
Olores que se quedan
Cuando cae la noche, la niebla sube del río y se lleva el olor a estiércol, a tripas fritas y a leña húmeda. El humo se mete en los abrigos de lana que nadie lava con suavizante: ¿para qué, si al día siguiente vuelve a oler igual? Caminar por Prazins a las diez de la noche es oír solo el crujido de tu propio pie sobre las piedras sueltas y, de vez en cuando, la máquina expendedora del bar que se atraganta con una moneda de cinco céntimos.