Artículo completo sobre Calvos e Frades: el valle donde el agua muele la memoria
Catorce molinos de madera, una encina milenaria y acequias del XVIII en Póvoa de Lanhoso
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El arroyo del Pontido serpentea entre muros de granito y el eco del agua se multiplica en cada salto: primero en el molino del Pinto, luego en el del Cunha y también en el del señor Armindo. Todos conservan sus ruedas de madera que el ingeniero Ribeiro catalogó en 1978 como «ejemplo excepcional de aprovechamiento hidráulico continuo en espacio reducido». En 850 metros conté catorce molinos que se repartían la misma corriente, cada uno esperando su turno en la cascada de acequias y canales que monjes de Braga y labrados diseñaron entre 1723 y 1756. Hoy solo giran tres ruedas: la del Pinto, la del Cunha y la que el señor Armindo engrasa cada semana con aceite de freír patatas.
La encina que ha visto quinientos inviernos
En la plaza del Cruceiro se alza un Quercus robur que plantó el padre Américo en 1506: siete metros y veinte de perímetro, treinta y dos de altura, copa que abarca quince metros de diámetro. La Encina de Calvos resistió el temporal de 1816 que se llevó el campanario, a las tropas de Soult en 1809 que acuartelaron caballos en la nave de la iglesia, y a la sequía de 1945 que secó el arroyo durante seis meses. Declarada Árbol de Interés Público en 1988, sigue siendo hoy el punto de referencia de Antonio para marcar sus viñedos: «tres bancales al sur de la encina, dos al norte». Bajo su sombra, el centro de interpretación que montó el ayuntamiento en 2003 explica, en paneles que escribió la doctora Fernanda, por qué los currucas se quedan hasta marzo y los papamoscas aparecen siempre que el viento gira a sur.
La ocupación humana en este recodo del valle del Ave se remonta al dolmen del Outeiro do Rato, excavado por Octávio da Veiga en 1876, pero fue en 1734 cuando el abad Jerónimo mandó abrir la acequia principal —la «acequia de Calvos»— que aún hoy distribuye agua a las quintas según el horario escrito en el libro de registro de 1852: lunes de 6h a 10h para la heredad del señor Albano, martes de 14h a 18h para la quinta de doña Amélia, y así sucesivamente. El topónimo deriva del latín calvus, «descarnado», como escribió el padre Rocha Pereira en 1758, alusión a las losas de pizarra que aparecen en las laderas cuando el sol quema la hierba.
Vinho verde, miel y carne que conoce el frío
La parroquia integra la subregión del Basto, y en las quintas de la familia Costa las variedades loureiro y trajadura maduran a los 290 metros de altitud que el ingeniero Oliveira midió precisamente en el cruceiro. Las catas se celebran en la era de la casa del señor Albano, acompañadas de salpicón que doña Idalina ahuma en enero en la chimenea de la cocina, y de chorizo de carne que hace su hijo con patas de cerdo de la Feria de Vieira. El Mel das Terras Altas do Minho DOP —lote 2023 que el señor Armindo embotelló en agosto— es denso, ámbar oscuro, usado en el bizcocho que doña Amélia lleva al mercado de Póvoa todos los sábados.
La Carne Barrosã DOP llega a la mesa del restaurante O Minhoto en chanfana, cocida con vino tinto de la quinta del señor Costa y ajo de Trás-os-Montes, o en rojões como hacía la abuela de Zé —con panceta ahumada y castañas del souto que plantó en 1967—. El cabrito se hornea en el horno de leña del señor Antonio que mantiene exactamente 280 grados, y las papas de sarrabulho solo se sirven en días de mercado —martes y viernes— adobadas con pimentón de la casa Ferreira y comino que doña Idalina muele en la piedra. En octubre, la magusto del señor Armindo reúne a cincuenta personas en la plaza, entre jeropiga de la cooperativa de Fafe y cantares al desafío que el señor Domingos aprendió de su padre.
Senderos, agua y silencio
El Sendero de los Molinos del Pontido tiene 1,2 kilómetros que Jorge marcó con pintura amarilla en 2019 —empieza en el molino del Pinto (185 metros) y acaba en el del Cunha (343 metros)—. El recorrido pasa por el puente de losa que construyó el abuelo del señor Armindo en 1923, atraviesa el canal que alimentaba al molino del Ribeiro —hoy convertido en casa de fin de semana— y termina en el prado donde el ayuntamiento colocó dos mesas de hormigón y una barbacoa que Zé limpia todos los lunes. El sonido del agua cambia tres veces: primero el murmullo de la acequia, luego el crujido de la rueda del Pinto, finalmente el silbido del desagüe del Cunha.
No hay carreteras nacionales —la N205 queda a 3,5 kilómetros en Bouça— lo que ha preservado los ventanales de granito con alféizar que el señor Albano se niega a cambiar por aluminio «a pesar del frío». La Iglesia Parroquial de Calvos, reconstruida en 1867 tras la caída de la torre, guarda el retablo que hizo el carpintero José Carvalho en 1899 y la imagen de San José que el padre Américo mandó restaurar en 1934. El 19 de marzo, la procesión sale a las 15h30 en punto, con bendición de los panes que doña Idalina horneó al amanecer y verbena que empieza cuando el señor Armindo enciende los altavoces a las 17h. En julio, la Romería de Nuestra Señora del Pilar moviliza a treinta peregrinos que parten a las 6h de la mañana hacia el santuario, seguida de subasta donde el cabrito del señor Antonio alcanzó 180 euros en 2023.
Desde el mirador del Monte de Calvos, al atardecer, el valle del Ave se despliega hasta la silueta del Gerês que el señor Albano dice estar a 28 kilómetros en línea recta. La luz de las 18h enciende el granito de las casas, dorado como la miel que el señor Armindo deja en las tinas tres días más que los demás. Abajo, el arroyo del Pontido sigue girando sus tres molinos, indiferente al tiempo —y al silencio que se oye cuando el señor Cunha apaga el motor de la bomba a las 20h en punto—.