Artículo completo sobre Póvoa de Lanhoso (Nossa Senhora do Amparo)
Ritmo de concertina, era de maíz y olor a lana nueva en la villa del Ave
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El sonido llega antes que la imagen. Una concertina despliega su acorde en la Rua da Igreja, el fuelle respira contra la pared del Café Regional y las notas se quedan atrapadas en la esquina de la barra como si la propia piedra quisiera custodiarlas. Es viernes al atardecer, y Zé do Pipo tira del fuelle con la naturalidad de quien abre el grifo de una cerveza. Las copas de vino verde —del Ave, con ese dejo a lino— reposan sobre manteles de plástico mientras las palmas marcan el compás sobre la madera desgastada. La villa apenas supera los cinco mil seiscientos habitantes, pero a esta hora parece que todos quepan en el café, atraídos por el olor a caldo verde que se escapa de la cocina y por el murmullo de quienes se conocen desde hace tres generaciones.
La plaza donde se pisaba maíz
El Largo do Eirado conserva una era comunitaria que, hasta los años sesenta, servía de escenario a un ritual que hoy solo recuerdan los mayores: los agricultores pisaban el maíz al son de la gaita, los pies descalzos sobre el grano seco, el polvo dorado levantando nubes contra la luz rasante. Hoy la era está en silencio, pero el suelo de losas pulidas conserva una lisura que los zapatos reconocen: ese trozo liso en medio del empedrado irregular, donde los niños aún corren con los ojos cerrados. Junto a ella, el pelourinho de 1752 se alza como siempre, la columna de granito coronada por un capitel que el líquen tiñe de verde musgo, lenta como el tiempo que aquí transcurre.
Granito, hierro forjado y olor a lana nueva
Caminar por la Rua Direita es sentir el granito fresco en la espalda cuando baja el sol. Las casas lucen balcones de hierro forjado y, aquí y allá, escudos de armas tallados en la piedra: marcas de cuando la lana movía dinero. Póvoa llegó a tener quince fábricas, y los antiguos almacenes, con sus puertas anchas para los fardos, hoy venden mantas que aún huelen a lanolina. Las manos tocan la trama gruesa, sopesan el tejido: ese peso que calienta los huesos en invierno, que ningún poliéster imita. En uno de esos espacios, el museo etnográfico guarda husos que aún conservan el brillo del uso, y fotografías donde las operarias miran a la cámara como quien desafía al tiempo.
La Capela de São Sebastião aparece casi por sorpresa, encajada entre fachadas más altas. Y al fondo, la iglesia matriz impone su portada setecentista, flanqueada por dos cruces de granito que marcan el atrio como centinelas. La patrona —invocada como protectora de los cristianos— da nombre a la parroquia y a la procesión de mayo, cuando los pasos de flores del campo suben la colina bajo el aroma a brezo y a cera de vela.
El sabor del colorau y la brasa
La mesa es aquí un asunto serio. Las papas de maíz con alubias llegan servidas sobre pan de centeno, el calor húmedo que sube del plato como una niebla. La rojada a la manera de Lanhoso —adobada con colorau y vino blanco— tiene ese tono anaranjado que tiñe los dedos y perfuma la cocina durante dos días. En las veladas festivas, el cabrito asado a la brasa es el protagonista, la grasa crepitando mientras el padre António va contando las historias de siempre. De postre, los bolinhos de nuez y las tartas de almendra se acompañan con un gallo de vino tinto, ese que doña Idalina hace en la botella de tres litros.
Los productos de la región —la Carne Barrosã y la Miel de las Tierras Altas— aparecen en los restaurantes en platos que saben a quinta, y en la feria mensual, el primer domingo, se puede encontrar miel cristalizada en frascos que aún llevan el número de la colmena escrito con bolígrafo.
Pedalear sobre la vía que ya no existe
Al oeste, el río Ave serpentea entre levadas que alimentan molinos donde aún muelen centeno. La Ecopista del Ave, construida sobre el antiguo trazado ferroviario, ofrece un recorrido hasta Fafe que atraviesa el puente de Vilela —donde se dice que el Diablo se apareció al maestro de obras— y túneles donde el aire se pone gélido incluso en agosto. Parar junto a una levada para un picnic —con pan de centeno, queso de la sierra y uvas del Ave— es ese tipo de lujo que no exige reserva, solo una toalla de cuadros y paciencia para los mosquitos.
Al sur, la sierra del Carvalho abre senderos que suben hasta la Pedra Bela, desde donde se divisa el Gerês en un día despejado. Es allí donde los críos van a buscar brezos para el Santísimo, y donde los novios se besan al son del viento que pasa entre los robles.
Marzo, San José y el olor a fregona
La Fiesta de San José, el 19 de marzo, es el gran marcador del calendario. La misa solemne da paso a la procesión, la música popular al festival gastronómico, y la villa se llena de un bullicio que contrasta con la quietud habitual. Es cuando vuelven los emigrantes, cuando las casas de los padres vuelven a oler a ropa planchada y a sopa de col. En mayo, la Romería de Nuestra Señora del Amparo trae los pasos con flores que se recogen por la mañana, aún con rocío, y el himno a la patrona retumba en el atrio como un murmullo colectivo. La banda filarmónica, fundada en 1867, abre los desfiles con el himno de Póvoa, los metales brillando al sol mientras los pasos marciales resuenan en la calzada como corazones que laten.
En el Largo do Eirado, cuando la concertina calla y la última copa se posa en la barra, queda el olor —colorau, leña, granito húmedo— y esa lisura extraña bajo los pies, la era pulida por décadas de maíz y de gente, que ningún otro suelo del Minho replica.