Artículo completo sobre Chamoim y Vilar: el Gerês sin folclore
Senderos de matorral, campos de fútbol de verdad y fiestas donde huele a sardina
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La campana de la ermita da cuatro badajadas y el eco se recrea en las terrazas como quien aún no decide si se marcha. Estamos a 540 metros de altitud: el aire llega gélido y huele a leña quemada, pero no tanto como para que la respiración se acorte. Chamoim y Vilar se fundieron en el papel de la reforma administrativa, pero quien pisa aqui nota enseguida el cambio del asfalto al terrón: la carretera de Chamoim sube recta, la de Vilar traza una curva perezosa y nos deja en el campo de fútbol donde el césped es césped de verdad y los postes pierden pintura a fuerza de lluvia.
Dentro del Parque, sin folclore
Sí, estamos dentro del Gerês, pero olvídense de tipos con móvil disfrazado de indio. El mapa dice 1.256 ha; yo digo: tanto matorral que hasta el andaluz se despista. Los senderos son los de siempre; el ganado, ya no pasa cada día. Lleven una buena cartografía o quien conozca la zona, porque aquí el GPS solo sirve para gastar batería. El supermercado queda en Terras de Bouro; si llegan después de las ocho, se quedan sin cena, como se dice por aquí.
Hay una docena de casas de vacaciones repartidas, todas con nombre de abuela —Dona Emília, Casa do Lagar, la que sea— y dueños que viven fuera pero dejan el teléfono del vecino. Basta para tener movimiento en agosto y silencio el resto del año. No hay centro de interpretación ni tuk-tuk. En Vilar hay una máquina expendedora de miel y licor; si está estropeada, basta con llamar a la casa amarilla: don Antonio abre siempre que esté viendo la SIC.
El calendario que marca las vacaciones
El año se divide por santos. En agosto vienen Nossa Senhora do Livramento y Santa Eufemia: días en que los emigrantes llenan las licenciaturas hechas en Francia o Suiza en los atrios de la iglesia y el aire huele a sardina y a gasolina de los generadores. La de San Blas, en febrero, es más íntima: empieza con la misa de las nueve, acaba en la carpa de la junta parroquial con caldo verde y broa blanda, y quien venga mal calzado se arrepiente en cuanto la banda de música da el primer compás.
La romería gorda es la de San Benito de la Puerta Abierta, a dos pasos. Quien va andando hasta allí pasa por aquí a pedir agua o un indicio —y se lo dan. No es hospitalidad de postal, es lo normal: «Suba, tome la tercera a la derecha y, si se cruza con la vaca Blanca, va bien.»
Poca gente, pero gente
De los 349 que cuenta el padrón, 111 ya tienen abono de pensionista y 24 aún van al colegio en carrito. El resto es gente que se quedó o que volvió para montar un Airbnb, colmenas o ambas cosas. El Parque trajo normas, pero también razones: hay miel con DOP, senderos que dan subvención y la excusa de «voy a ver al perro» que esconde una caminata de 8 km. Hay vino verde, en bancales tan pequeños que la vendimia cabe en una tarde y media —y lo que sobre, para la botella del fin de semana.
Al atardecer, cuando el sol da de lleno en el granito y la piedra parece que vaya a arder, el humo sube recto por las chimeneas. Huele a feijoada o a caldo, mezclado con pino y con el desinfectante de la limpieza semanal. No es nostalgia: es solo la hora en que acaba el día y nadie tiene prisa porque empiece el siguiente.