Artículo completo sobre Vilar da Veiga: puente de seis arcos y romería milenaria
Vilar da Veiga, en Terras de Bouro, guarda el Ponte dos Sete Arcos, la romería descalza más antigua del Minho y 90 % de su territorio dentro del Parque Pen
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El agua del río Homem golpea las piedras del puente con un sonido que se repite desde hace siglos —grave, constante, sin prisa—. Es julio y el granito de los seis arcos visibles se calienta al sol de la tarde mientras grupos de peregrinos cruzan hacia el Santuario de São Bento da Porta Aberta. La romería descalza de Pentecostés es la más antigua del Minho: documentada desde 1640, cuando el cabildo de la villa de Terras de Bouro mandó levantar la ermita de São Bento «en la Porta do Gerês», punto obligado para quien, llegado desde Braga, se preparaba para subir la sierra. Vilar da Veiga se alza a 1.132 m de altitud, donde la vega fértil junto al río justifica el nombre latino «Villa de Vega» —aldea de la llanura— y donde nueve de cada diez hectáreas pertenecen al Parque Nacional da Peneda-Gerês, el mayor porcentaje de territorio protegido de cualquier parroquia portuguesa.
El peso del barroco y de la piedra
La iglesia parroquial domina el núcleo con sus azulejos de 1784 que cubren el altar mayor y la talla dorada que los navegantes de Vilar da Veiga trajeron de Brasil. Más arriba, la Capela de Santa Eufémia ocupa el lugar de romería donde, el 16 de septiembre, los fieles suben en procesión cargando andas entre el olor a cera y el incienso mezclado con el frío húmedo que baja de la sierra. El puente que une Vilar da Veiga con la Vila do Gerês se conoce como Ponte dos Sete Arcos —construido entre 1890 y 1893 por el ingeniero António Rodrigues de Sousa, sustituyó al puente medieval que los documentos de la Casa da Moeda de Braga mencionan ya en 1527—. El «séptimo arco sumergido» es, en realidad, un desvío de agua que el Homem abrió durante la crecida de 1909, dejando uno de los arcos aislado en la orilla.
Mariposas y garranos en el mayor salón de Portugal
Llegar hasta la Cascata do Arado significa atravesar cuatro kilómetros de robledales y abedules donde más de 120 especies de mariposas catalogadas trazan vuelos erráticos entre la luz filtrada por las copas. El sendero es asequible para familias, pero exige atención a los pasos sobre raíces salientes y piedras sueltas. Allá arriba, el agua cae en cortina blanca sobre la pizarra oscura y el sonido se amplifica en el anfiteatro natural de la sierra. Desde el Miradouro da Pedra Bela, el embalse de Caniçada se extiende abajo como un espejo roto entre montañas —construido entre 1947 y 1955, inundó tierras de Vilar da Veiga, Vezeira y Carvalheira y obligó a retranquear la carretera nacional 308 que hoy sirve al Gerês—. El viento trae el relincho lejano de los garranos que pastan libres en los valles —rebaños semisalvajes que los lugareños identifican por los nombres de las «manchadas»: Garrano da Veiga, Garrano da Portela, Garrano da Gralheira.
Truchas, miel y el horno que no falla
El cabrito asado en horno de leña llega a la mesa con la piel crujiente y la carne que se deshace al toque del tenedor. En el restaurante O Abocanhado —abierto en 1987 en una antigua casa señorial del lugar do Outeiro—, la carta de trucha del Homem presenta el pescado a la plancha con la sencillez que respeta su sabor delicado. El arroz de sarrabulho humea en cazuelas de barro, denso y oscuro, mientras las papas de calabaza surgen como acompañamiento dulce que equilibra la acidez del vino verde de la subregión del Gerês. En la repostería, el pan de ló de Vilar da Veiga —que los pastores llevaban en las alforjas a la sierra— compite con el tocino de cielo por la preferencia de los visitantes, pero es la miel DOP das Terras Altas do Minho la que se lleva la palma: producida en las sierras circundantes por abejas que visitan la retama y el brezal, presenta color ámbar oscuro y textura densa que cristaliza en invierno.
Pentecostés, folclore y la playa que no tiene mar
El último domingo de agosto, la fiesta en honor de Nossa Senhora do Livramiento llena las calles de banderas y el aire de cohetes —trasladada desde Vilar da Veiga al centro de la villa en 1954, sustituye a la antigua romería de Santa Eufémia que se celebraba en el lugar do Outeiro—. El 11 de julio y el domingo de Pentecostés, miles de fieles suben hasta el Santuario de São Bento da Porta Aberta, muchos descalzos, cumpliendo promesas antiguas. En febrero, las Fiestas Concelhias de São Brás animan la primera quincena del mes más frío —desde 1987 incluyen la «Fiesta del Embutido», donde se degustan chorizos de carne de cerdo y alheiras de caza—. La playa fluvial de Vilar da Veiga ofrece aguas cristalinas del Homem donde se practica stand-up paddle entre márgenes de arena fina —inaugurada en 2011, es la primera playa fluvial del municipio con bandera azul—.
Al caer el crepúsculo, cuando los últimos peregrinos bajan del santuario y la campana de la iglesia parroquial toca las avemarías, el eco se multiplica por las laderas graníticas y regresa transformado —más grave, más largo—, como si la propia sierra respondiera a la llamada.