Artículo completo sobre Anissó y Soutelo: capilla en la grieta y castañas de fuego
Entre el castro del Ermal y la Capela da Lape, vieiras y bueyes Barrosões marcan la montaña bracaren
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La grieta que escondía una capilla
El granito aparece de golpe, como quien se despista en la curva y se da de bruces con la pared. En la hendija, ahí está: la Capela de Nossa Senhora da Lape, excavada en el vientro del peñasco desde 1694. No es que la edificaran; más bien alguien aprovechó la cavidad que la piedra ya había abierto. La luz entra de costado, roza los filos del granito y el aire, dentro, es el mismo en agosto que en febrero: una frescura que borra el sudor de las cuestas.
La unión de Anissó y Soutelo sube hasta los 500 y pocos metros, entre castañares que en octubre parecen alfombras de erizos y pastos donde los bueyes Barrosões pacen como si el tiempo fuera suyo. Son esos bovinos de cuernos larguísimos que parecen dispuestos a una bronca de bar — pero son mansos, alimentados solo de hierba y heno. Su carne, oscura y veteada, es la que sale al pedir un “bitoque à moda da terrinha”. Se acompaña con un vino verde que ni necesita botella: a veces es solo una jarra que el dueño de la taberna deja en la mesa y ya va sirviendo segundas.
Tres anillos de piedra sobre el Ermal
El castro de Anissó está arriba, a 732 metros, con sus tres murallas como quien se pone las bragas de invierno una encima de otra. Desde el siglo I a.C. la gente se agarró aquí, mirando al mismo espejo de agua que hoy es el embalse del Ermal. El sendero PR7 sube hasta allí, entre eucaliptos que huelen a chicle y robles que aún no han entendido que ya no estamos hace dos mil años. A mitad de camino hay un placido donde el valle se abre de pronto: el lugar perfecto para justificar el tentempié que llevas en la mochila.
En Soutelo, el Santuario de la Senhora do Alívio se alzó en 1798, pero la tierra aparece citada ya en 954 como “Sautello” — el sitio donde los castaños crecen tan juntos que parecen contarse secretos. Hoy, en octubre, las castañas revientan y cubren los caminos como confeti de fiesta que nadie se acordó de barrer.
Miel, piedra y romería
La miel de aquí no gotea: es tan densa que parece querer quedarse a charlar en el dedo. Lleva el polen de las brezos, de los castaños y de la silva que crece donde el ganado ya no pasa. Es dulce, claro, pero tiene un retazo de montaña que recuerda al olor del zapato después de una jornada de sendas.
Las romerías son cuatro — Lapa, Alívio, Fé, Conceição — y marcan el calendario como quien apunta el fútbol: día 15, misa, procesión, feria, gaitas. Por San Martín, el magusto reúne a los vecinos en torno a la hoguera. Las castañas estallan, corre el vino caliente y siempre hay un tío que insiste en contar aquel año que llovió tanto que la procesión fue en barca.
Son 345 personas repartidas en 8 km² — suficiente para que el silencio se oiga. Cuando toca la campana de la Matriz de S. Miguel, retumba por las sierras como quien llama de lejos. La piedra, aquí, no es paisaje: es memoria, es muro, es banco, es refugio. Y cuando la luz de la tarde da en el castro, cada arista proyecta una sombra que apunta al valle donde el agua del Ermal refleja las nubes — y donde, si se mira con atención, aún se ve la línea del antiguo camino que llevaba los bueyes a la feria de Vieira.