Artículo completo sobre Salamonde: la aldea que flota sobre el agua
Vieira do Minho guarda un rincón donde el Cávado tragó caminos y quedaron los recuerdos
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Se llega antes de verlo: un zumbido grave, como si la tierra roncase con la boca abierta. Es el embalse del Cávado, que tragó campos y caminos en los años cincuenta y aún no ha digerido del todo. Hoy Salamonde respena sobre el agua: le quedan las laderas que la presa no pudo llevarse y le quedan 343 personas —134 con edad para contar qué fue, 22 con prisa por ver qué será.
Se ven casas de fin de semana pintadas de colores que nadie elegiría en plena juventud, pero también las otras: las de muros anchos donde aún se mete leña en la llar y se saca el pan del horno con la pala. Dieciséis se han convertido en alojamiento rural, lo que significa que alguien cree que hay quien desea despertar aquí. Y los hay: el fin de semana la aldea se llena de coches con matrícula de Braga y Oporto, gente que trae a los críos para que vean «qué es una aldea» y luego pregunta dónde se puede cenar. (Respuesta: se lleva comida, se abre el maletero, se improvisa. O se baja a Vieira, que es lo que hace casi todo el mundo.)
Cuatro fiestas, cuatro excusas para volver
En cada esquina una virgen: Nossa Senhora d’Orada, Nossa Senhora da Fé, Nossa Senhora da Lapa, Nossa Senhora da Conceição. Son cuatro viernes seguidos de aguardiente de orujo, cola para el maíz ahumado y conversación que solo acaba cuando el cura cierra la puerta de la iglesia. Quien emigró lo aprovecha: marca las vacaciones para esas fechas, cruza la puerta de casa sin llamar y suelta a los niños detrás de los primos que solo conocen por Instagram.
Lo que se come (y lo que ya no)
En la mesa va lo que el terreno da: vaca barrosã que pastó donde ahora se pesca la trucha, chuleta que se frie en la cazuela tres horas hasta que la carne se rinde y pide perdón. Se acompaña con patata de la tierra —pequeña, fea y con sabor a tierra de verdad—. De postre, la miel es tan oscura que parece café: cucharas de madera, pan de millo, mantequilla salada. Hay vino verde, pero hay que bajar más abajo; aquí el ruido que se oye es el del río resbalando por la turbina.
La orilla que no es orilla
Cuando aprieta el verano y baja el agua, aparecen las piedras del molino antiguo, el muro de la ermita y el maldito camino que llevaba a la escuela. Los mayores señalan con el dedo curvo: «Aquí es donde estaba…». Y lo está. Caminar por la orilla es pasear encima de un mapa mojado: cada pisada araña un trocito de memoria que el agua no logró llevarse.
A la hora en que el sol se pone tras la sierra, el embalse se queda del tamaño exacto del silencio. No hay orquesta, no hay terraza, no hay cobertura. Solo el ruido de una barca crujiendo, el olor a resina y la certeza de que, si me quedo un rato más, Salamonde me contará otra versión de la misma historia.