Artículo completo sobre Novais: caldo de col y campanas rotas
Un pueblo minúsculo donde la noche huele a tomillo y a infancia
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La tarde derrama su oro por la bajada de la Rúa do Cabo y el granito de las paredes brilla como sal gruesa. Falta un cuarto para las seis cuando la campana de la iglesia —la que se rompió en el 78 durante la misa del domingo— repica desacompasada. A nadie le importa: es la señal de que la tienda de ultramarinos acaba de cerrar y las viejas se dirigen al café Merendas a tomar un café solo antes de subir a casa.
Novais no tiene ciento cuarenta hectáreas. Tiene lo que se anda en quince minutos, desde el cruceiro de Santo António hasta el cementerio nuevo, pasando por la escuela sin alumnos y la fuente donde aún se llenan garrafas de boca ancha. La cota no es ciento sesenta metros: quien quiera ver el mar tendrá que subir a la Senhora da Graça, en Guimarães. Aquí el terreno es suave, pero se inclina lo justo para que las mariposas blancas de los viñedos se pierdan de vista a mitad de cuesta.
Viven aquí mil cuatrocientas personas, más o menos. Trescientas superan los setenta y acuden cada mañana al Centro de Salud, que solo abre por la mañana. Los niños son menos de ciento cincuenta: en 2022 había dieciséis en primer curso. Aun así, la noche de Santo António la escuela cerrada desde 2015 abre sus puertas para la carpa de la asociación de fiestas: huele a caldo de col, humeante, servido en cuencos de barro que antes eran de la abuela.
La fiesta que aún dura tres días
Las Festas Antoninas empiezan el sábado más próximo al 13. A las nueve de la mañana el padre de Carolina —la que se fue a Londres— ya monta el arco de bombillas de colores en la Escada. Por la tarde hay pan dulce en la plaza: no se vende, se ofrece al que pasa. Por la noche tocan los Sapo de Abril, pero el concierto acaba a la una porque el presidente de la junta parroquial se levanta temprano para regar la huerta. El domingo hay procesión con el paso de Santo António cubierto de tomillo de monte recogido al amanecer. Tras la misa, la iglesia huele a mirta quemada —el olor de todos los años, el que el cura dice que “espanta al diablo y a las polillas”.
Paso de peregrinos
El Camino Central entra por el Caminho das Fontes, sube a la derecha del molino abandonado y cruza la carretera nacional en el kilómetro 42. Los que vienen andando siempre preguntan dónde comer: les mandan al Merendas, pero avisan: solo sirven bocadillos de panceta después de las once. Hay una señora en la Portela que tiene dos habitaciones con agua caliente —cobra 15 € y da pan con chorizo en el desayuno. Deja en el clavo un papel que reza: “Cerrado cuando el perro suelto”.
Uvas que dan para un litro
Los viñedos se apoyan en bancales de pizarra, sujetos a postes de castaño que el abuelo de Zé Mário cortó en la sierra de la Cabreira. Aún se hace vino blanco de loureiro, pero solo para la casa: unas pipas de 300 litros que luego se guardan en garrafas de tres litros —las mismas que se llevan a la mesa el domingo, con rojões que la mujer de Zé hornea en el horno de leña. Quien no tiene viña planta patata: el campo detrás del cementerio nuevo es rojo, da patata pequeña y dulce, ideal para la sopa de escarola que se come por San Martín.
El día acaba oliendo a jara quemada. En la Rua de Baixo el señor Ramalho enciende el fuego con piñas de corcho y luego se asoma a la verja a ver si llega la nieta desde Famalicão en el autocar de las siete y media. No hay monumentos, no hay miradores, no hay wifi en la plaza. Solo la verja del Celestino que chirria siempre en el mismo sitio, el olor a aceite nuevo que gotea de la cooperativa y la luz de la tienda que se queda encendida hasta las diez —tiempo justo para que Ana compre leche y oiga a la vecina decir que el año que viene viene crudo.