Artículo completo sobre Requião: donde el vino verde se respira
Entre parras y peregrinos, la vida rueda lenta en esta aldea del Minho
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El sol aún no calienta cuando las campanas de Santo António marcan las 7.30. En Requião, a 108 metros de altitud, el sonido viaja entre casas de granito y muros musgosos. El aire huele a tierra removida y, al fondo, las viñas dibujan el terreno.
La parroquia se organiza en torno a la vid. Los vinos verdes no son una marca: son el paisaje. Las parras cortan la tierra en cuadrados irregulares. Caminar entre ellas es sentir la textura áspera de las hojas y entender por qué el vino se llama verde.
Dos rutas, misma piedra
El Camino Central Portugués y el Camino del Norte de Santiago cruzan Requião. Las losas del empedrado están desgastadas en el centro: es donde pisan los peregrinos. A lo largo de los caminos hay cinco capillas. La más útil es la de São Bento: tiene banco a la sombra y fuente con agua potable. El granito de sus paredes guarda marcas de bordones: está liso a metro y medio de altura.
Hay 3.197 habitantes en 7,5 km². La ocupación es visible: huertos junto a las casas, gallineros al fondo de las parcelas, leña apilada bajo los cobertizos. No hay monumentos. Hay, en cambio, una lógica rural que sigue viva: la viña arriba, la casa en medio, la huerta abajo.
Junio, tres días
Las Festas Antoninas se concentran en el fin de semana más próximo al 13. Los cohetes empiezan a las 6 del sábado. La procesión sale a las 17 de la iglesia y baja hasta la plaza del ayuntamiento. Por la noche, sardinada: 3 euros el plato, incluye vino. Las casetas cierran a las 2. El domingo, a las 11, hay comida colectiva: cada uno lleva su mesa y su comida, el vino se compra en el bar.
Fuera de estos días, Requião vuelve al silencio. Hay cinco alojamientos registrados: tres son casas particulares que alquilan habitación a los peregrinos. No hay oficina de turismo. Para probar vino basta con llamar a la puerta de la cooperativa (abre a las 9, cierra al mediodía). Sirven copas de 50 cl a 80 céntimos.
De Requião queda el olor ácido de la viña que impregna la ropa y el silencio que vuelve después de las 22. No hay espectáculo: solo la certeza de que el tiempo sigue marcado por la tierra y la lluvia.