Artículo completo sobre Vale (São Martinho)
En Vale (São Martinho) la campana reparte mediodía, el padre rocía vino verde el 11 de noviembre y las papas de sarrabulho espesan el invierno
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La campana de la iglesia da el mediodía y el eco se desploma sobre los campos como quien tiende la mesa. En Vale (São Martinho) no hay monte que tape el cielo; la tierra baja, suave, hacia el Ave, que se adivina en la humedad pero no se ve. Cuando pasan los peregrinos, aún atontados por el almuerzo, parecen seguir el olor del maíz verde más que las flechas amarillas.
Donde el Norte se cruza con el Centro
La aldea cabe en una uña de 360 hectáreas, pero por aquí se meten dos Caminos de Santiago como quien entra en la taberna y pregunta «¿hay pan recién hecho?». Desde que tengo uso de razón llegan los andarines con la mochila y se van con la botella de vino verde vacía. No tenemos monumentos con estrella en la guía; tenemos la iglesia de São Martinho que, si hablara, solo diría «ojalá llueva a tiempo».
São Martinho, el vino y lo demás
El 11 de noviembre, misa de las once, cola en la puerta con botellas de tinto verde en la mano como quien lleva el perro al veterinario. El sacerdote rocia agua bendita, el coro cruje y el vino sale bendito; luego hay que beberse el resto en casa, con castañas que estallan en la sartén y críos inventando excusas para no ir al colegio. No hay banda ni noria; hay el olor a humo mojado que se te pega a la ropa todo el día.
Lo que se come (y cuándo se come)
Cuando aprieta el frío aparecen las papas de sarrabulho —un chaval lo resume así: «parece una sopa a la que alguien ha metido un puñetazo». La sangre espesa el arroz, el comino te dispara la nariz y el colorao te tiñe la cuchara de óxido. Se acompaña con rojões que el vino verde ha marinado durante la noche: trozos del cerdo que no cupieron en la secadera. De postre, toucinho-do-céu: azúcar, yemas y manteiga en capas, nombre que promete paraíso pero tapa arterias. Se sirve con el mismo vino que ayudó a cocinar; no es norma, es treta.
Fiestas Antoninas: vecinos, cerveza y perros ladrando
En junio, Santo António invade la aldea. Se montan las casetas el viernes por la tarde, el ayuntamiento trae el escenario y los padres traen a los hijos que ya no caben en los zapatos del año pasado. La procesión sube y baja la calle principal, el paso da botes, los claveles se mojan en cerveza y los niños roban caramelos del cesto de la iglesia. No es fiesta para turistas; es reunión de curso ampliado, con concertina afinada la víspera y perros de casa marcando territorio en el atrio.
Paseo que no necesita GPS
Cuando el estómago pida aire, baje por el camino de tierra, entre viñedos que parecen cerdas de cepillo. Hay dos capillas en medio —una a Santo António, otra a São Sebastião—, ambas cerradas, pero la puerta de la derecha de la segunda cede de una patada si hace falta esconderse de la lluvia. Junto al arroyo crecen helechos altos como paraguas; en octubre la niebla se te agarra a las botas y no suelta hasta pasado el mediodía. Lleve un trozo de pan: los mirlos lo agradecen y a usted le servirá para comprobar que el vino del camino sigue en su sitio.
Cuando se pone el sol, el viento en las vides hace ese ruido de quien sacude una revista vieja. Uno se queda ahí quieto un minuto —no hay prisa, el siguiente café está en Calendário y cierra tarde.