Artículo completo sobre União das freguesias de Escariz (São Mamede) e Escariz (São Martinho)
En el valle del Cávado, Escariz São Mamede y São Martinho guardan el pulso lento de sus 744 almas.
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La campana de la ermita suena como si aún estuviera aprendiendo el oficio: quince segundos tarde a mediodía, dos golpes de más cuando muere alguien. Al fondo, el valle del Cávado no está “dibujado”: está ahí, en caída, y su verde hierve la vista tras un día de lluvia. Escariz (São Mamede) y Escariz (São Martinho) son dos aldeas que comparten el nombre como quien comparte un apellido: parecidas, pero capaces de confundir a quien no las conoce de cuna. Entre ambas serpientea la carretera comarcal 205, flanqueada de mojones de granito y viñedo que se agarra al suelo como puede.
El peso silencioso de las generaciones
De los 744 vecinos que aún registra el padrón, 247 han pasado ya de sesenta y cinco años y 75 aún no han cumplido diez. El resto es gente varada en el refugio de los cuarenta, mirando atrás. A las nueve de la mañana, las calles son pasillos de sonido: pasos arrastrados, una puerta que rechina, el tac-tac de los zapatos de Dª Amélia que baja al bar del pueblo por el pan para el marido postrado. La densidad (128 hab./km²) basta para saber de memoria el nombre de los perros ajenos, no solo el de sus dueños.
La altitud media, dicen, es de 115 m, pero eso no sirve de mucho: lo que importa es que, subiendo la cuesta de la Igreja Nova, el corazón se te dispara y se divisa el tejado de la fábrica de queso de São Martinho, siempre humeante, incluso en agosto.
Calendario de devociones
La Fiesta de Santo António, en junio, empieza con la misa de las siete, pero el olor a sardina y a folar ya ronda la escalinata desde las cinco. Hay quien reserva sitio en la explanada con sillas de mimbre traídas de casa, como si el puesto fuera hereditario. Las Fiestas Concelhias son el día en que todo Vila Verde parece haber dado con sus pies en Escariz: colas por una bifana, niños perdidos que lloran con el mismo timbre de hace treinta años y el escenario frente a la junta parroquial donde actúan los mismos tres grupos de siempre: este año tocaron Remar, Pólo Norte y un DJ que nadie conocía pero que pinchó a Los Coyotes hasta las dos de la madrugada.
La Romaría de Nossa Senhora do Bom Despacho, a finales de septiembre, es la última vez que se oyen cohetes antes del invierno. Las mujeres adornan el arco de la capilla con margaritas de papel guardadas en el desván y la procesión baja la carretera con el paso pausado de quien no tiene prisa por llegar. A la vuelta, se reparte bolo de canela y agua-pé que sabe a uva mal fermentada y a promesa cumplida.
A mesa, lo que da la tierra
No hay carta; hay días. Los viernes, si Matías mata al ternero, hay sopa de sangre en la taberna que ni placa tiene: basta seguir el olor a laurel y pimienta. La Carne Cachena huele a tierra mojada y a brezo; se asa a la brasa con solo sal gorda y es tan tierna que se deshace antes de que el tenedor toque el plato. La miel es de Joaquim, que tiene colmenas detrás de la escuela primaria cerrada; dice que el tono castaño viene de las zarzas, pero nadie le cree: es del eucalipto, como todo por aquí. Las patatas vienen de Mondim, compradas a la puerta de la fábrica en sacos de 25 kg que aún huelen a tierra. Con ellas se hace una especie de caldo que los escarizenses llaman «papas de millo», aunque no lleva maíz: patata, ajo, la manteca del cerdo sacrificado en enero y unas hojas de col gallega que Ilda guarda congeladas por si vienen visitas.
Dormir donde pocos duermen
Hay una habitación en casa de Dª Odete, en la Plaza del Crucero, que alquila desde que su hijo se marchó a Francia. El colchón es nuevo, pero el armario es el mismo de 1962: huele a naftalina y a servilletas de encaje que nunca se estrenan. El gallo canta a las cinco y media, pero quien suele despertar a los huéspedes es el perro del señor Albano, que ladra siempre que pasa el camión de la leche: son las 6.03, tarde como siempre. No hay desayuno incluido, pero hay café con leche caliente en la cocina y pan de centeno que Odete va a buscar al horno de Rebordones los miércoles, porque «el pan de aquí ya no es el de antes».
Lo que queda de Escariz no cabe en una postal. Es el olor a humedad que sube del suelo de la iglesia cuando el sol calienta la losa, el sonido del Cávado que se confunde con el viento en los chopos, el sabor del vino verde que se te queda agrio en la boca tras tres tragos. No es sitio para quedarse para siempre, pero quien se va lleva siempre un trocito pegado a la lengua, como si el nombre de la aldea fuera un hilo que se tensa y, cuando aprieta, sabe a granito y añoranza.