Artículo completo sobre Freiriz: pan de horno, vino verde y sierra Amarela
En la aldea de Vila Verde el tiempo se mide en olores a leña, sabor a papada y campanas de bronce
Ocultar artículo Leer artículo completo
El humo de la leña sale el viernes, cuando las mujeres bajan al horno con el pan de trigo enrollado en un paño blanco. Se huele en la curva de la calle de la Iglesia, junto a la pared donde el gato negro se estira al sol. La campana da las siete: no es timbre eléctrico, es el mismo bronce que sonaba en las misas del padre del señor Armando, el que aún vive en la casa con la puerta azul.
Aquí la altitud no es un dato: es el aire que entra por los pulmones y sabe a domingo por la tarde, cuando el calor baja de la sierra Amarela y la Branca se tiñe de miel. Los muros de piedra, justo después del cruceiro, los levantó el abuelo del Tonho, el que ahora tiene el taller en la esquina. Cada laja de pizarra encaja con la siguiente como dientes, y entre las juntas crece el tomillo que doña Albertina recoge para el arroz de sarrabulho.
Qué se come (y cuándo)
El vino verde no se bebe en copas de cristal. Se bebe en el vaso de medio litro, ancho, que Zé del bar llena dos veces por menos de dos euros. Es blanco, tiene burbuja en la boca y corta justo la grasa de la papada de cerdo que aún chisporrotea en la sartén. El arroz de sarrabulho lleva la carne del espinazo: no es elección, es lo que se mata en noviembre, cuando llega el frío y el cerdo ya está gordo. La morcilla se ahuma en el hueco de la lumbre, sobre el hogar, y el panceta va al ahumadero que el señor Aníbal cerró con teja de esquila.
La miel es del señor Albano, que tiene colmenas en el lugar de Campo. No pone DOP en la etiqueta, pero él dice que las abejas vuelan hasta la sierra del Soajo, así que la miel sabe a brezo y a madroño, y a veces un punto de romero cuando el invierno es suave.
Fiestas que aún se hacen a mano
En junio, la noche de San Antonio empieza la tarde de víspera, cuando las niñas de quinto curso van al huerto de la profesora Lurdes a cortar claveles y albahaca. Los arcos son de sauce fresco, torcido aún de rodillas en la tierra, y las flores vienen de la huerta de doña Odete, que tiene geranios rojos desde 1978. A las nueve de la noche, la procesión sale de la iglesia con el paso pesado: ocho hombres, todos del lugar de Cima, que conocen el giro exacto en la escalinata donde el peldaño está gastado. La banda toca la misma marcha de siempre; el clarinete lo toca el hijo del señor cantero, que aprendió con su padre, que aprendió con su abuelo.
El domingo por la mañana, después de la misa de las once, se sirve caldo verde en la olla de hierro de dos asas. Doña Albertina lleva su trozo de chorizo casero: no es para ella, es para echar al caldo de quien no tiene. Nadie pide, nadie da las gracias: se sabe que es así.
Quién se queda, quién vuelve
La escuela tiene ahora veintipocos niños, pero aún se oye el eco de las risas de todo el ciclo inicial, cuando había cuarenta. Los mayores siguen sentados en el banco de granito frente a la panadería, aunque la panadería ya no venda pan: vende galletas y gasolina para motosierra. El señor Joaquim, 83 años, cuenta cómo se hacía la siega a mano, y el nieto, que está de vacaciones de la universidad en Braga, lo graba con el móvil para subirlo a Instagram. Ninguno le ve la gracia al intercambio, pero los dos quedan contentos.
Cuando cae la noche, el silencio no está vacío: es el perro del señor Antonio que ladra una vez, el tractor del señor Baptista que se apaga con un chasquido metálico, el agua de la levada que se oye sin verse. Y luego huele a tierra mojada: no es metáfora, es el barro de la viña del señor Custódio, que regó a las seis y media y ahora la brisa trae el olor hasta las cocinas donde aún no se han cerrado las ventanas.