Artículo completo sobre Lage: vino, cecina y chimenea en Minho
Pueblo donde el mosto borbotea, el maíz se seca y la cecina perfila el invierno
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El olor a leña húmeda arde despacio en la chimenea, mezclado con el dulzor agrio del mosto que bulle en las cubas. En Lage, donde la carretera comarcal 205 sube y baja en eses entre muros de piedra cubiertos de helechos, el tiempo no se mide en kilómetros sino en estaciones. Aquí, sus tres mil cincuenta y cuatro habitantes saben que es octubre cuando las nubes se agarran al tejado de la iglesia y el maíz de los hórreos empieza a secarse.
La tierra que fermenta
En las viñas de Ramelas, el Loureiro maduro se inclina hacia el suelo como pidiendo perdón por su propio peso. Los racimos son pequeños, casi tímidos, pero el vecino don Armando asegura que «es ahí, en aquel terrazco mirando al este, donde se hace el vino que no deja resaca». Aún hay quien pisa el orujo descalzo, al son de una radio de pilas que solo capta la emisora portuguesa Rádio Renascença. En la bodega, el jugo de uva resbala por las paredes como si la propia piedra sudara.
Lo que se come
Los viernes, la carnicería abre a las siete y media y el olor a sangre cocida se mezcla con el pan que doña Idalina saca del horno a las ocho. Quien llegue temprano se lleva la cecina cachena cortada en tiras finas —«para estofar con tres dientes de ajo y una hoja de laurel, nada más», recomienda ella—. En el Café Central, el manojo de embutidos que cuelga sobre la barra lleva un cartón con el nombre de quien lo encargó: «Mario — 2 chourizos, 1 chispe, entregar antes del 1 de noviembre». La patata de Trás-os-Montes viene en sacos de 25 kg, pero quien entiende de cocina pide siempre la «rosada pequeña, para que no se deshaga en el caldo».
Calendario que se siente
Cuando el pórtico de la iglesia se llena de margaritas amarillas, todo el mundo sabe: quedan tres domingos para Santo António. Las mujeres empiezan a coser por las noches, los hombres afilan los cuchillos para despiezar el toro. El sábado de verbena, la sardina se asa en redes de alambre sobre el bidón cortado por la mitad; el olor a aceite quemado se pega a las faldas de los niños. A medianoche, cuando la banda del ayuntamiento toca el «Verde Gaio», hasta el cura se ha quitado los zapatos.
Donde se duerme
Hay cuatro casas con puertas pintadas de azul añil que aceptan huéspedes. En la de arriba de la Rua do Calvário, doña Lurdes prepara el desayuno en la mesa de piedra: leche caliente servida en tazas de barro, mermelada de membrillo con grumos y broa cortada en rebanadas tan gruesas que casi se parten por la mitad. La sábana es de algodón crudo, huele a jabón casero y a plancha caliente. Quien quiera quedarse más de dos días tiene que ayudar a quitarle las vainas al judía —es norma—.
Al atardecer, cuando la niebla sube del río y el gallo de don Joaquín canta a oscuras, Lage no pide que la fotografíen. Pide que se deje la puerta entreabierta, para que el humo de la chimenea salga despacio y se mezcle con el olor de la tierra que aún trabaja.