Artículo completo sobre Marrancos y Arcozelo: petanca, rojão y vino verde en Braga
Domingos de bolas y sopas en Marrancos, fútbol y forminhas en Arcozelo: la vida rústica del norte.
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El chasquido de las bolas de madera en la petanca aún se oye los domingos, aunque ya no es como antes. En Marrancos, el juego sigue en el mismo rincón de siempre: ese hueco junto al bar donde José Manuel y Arnaldo discuten si la bola tocó o no desde 1978. La petanca es así: mitad partida, mitad charla. Y cuando el tema se calienta, aparece María desde lo alto de la calle para llamar a su marido: «¡La sopa está en la mesa!».
La fusión de 2013, la que agrupó Marrancos con Arcozelo, fue como casar a dos primos que se esquivaban en las fiestas. Fuera dicen que fue papeleo. Dentro, cada aldea conserva su tara: en Marrancos, la pista de petanca; en Arcozelo, el campo de fútbol donde los críos juegan con camisetas del Oporto y del Benfica. Pero cuando llega la romería, todo el mundo se junta en la explanada de la iglesia. Hasta los que no se hablan desde hace meses.
Iglesias y creencias
La iglesia de Marrancos tiene una puerta tan pesada que cruje al abrir. Dentro, los bancos de madera aún guardan los apellidos de las familias grabados con carbón: herencia de cuando se pagaba por el asiento. El padre Antonio, traído del Gerês, dice no haber visto tanto valor como el de los ancianos que caminan dos kilómetros para la misa de las siete, aunque la artrosis les grite.
En Arcozelo, la iglesia es más nueva, pero la historia es la misma. La diferencia es que aquí don Antonio guarda las llaves del campanario y sube todas las noches «a echar un vistazo». Dice que es para comprobar que todo está en orden, pero todo el mundo sabe que es para escapar de su mujer.
Lo que se come (y se bebe)
El rojão de Marrancos no se inventa. Es carne de cerdo, vino blanco de la casa y un puñado de ajos. Nada más. El secreto es dejarlo en el fuego mientras se arregla el mundo en el bar — lo que, por aquí, lleva el tiempo que haga falta. Se sirve con broa de maíz y un vaso de vino verde que José de la tasca sirve con cuchara, «porque la jarra es para turistas».
Las forminhas de Arcozelo son de esas que hacía la abuela cuando había cumpleaños. La receta está en un papel amarillo, sujeto con un clip al cuaderno de la panadería. Aún se hacen — no porque estén de moda, sino porque «nos gustan» y «los nietos lo piden». La miel es del Gerês, comprada a Joaquim que va los domingos con la mochila. Dice que es DOP, pero a nadie le importa el sello. Lo que cuenta es que cura la tos.
Caminos y canciones
El sendero que une Marrancos con Arcozelo es corto: media hora si se va despacio. Pero hay que saber dónde se pisa: piedras sueltas, viñedos que se despliegan como alfombras verdes y un perro del señor Albano que ladra pero no muerde. La cuesta es empinada, pero arriba hay un banco de piedra y una vista que llega al Gerês. Allí va la gente a fumarse un cigarro «sin que la mujer lo vea» o a mandar una foto al hijo que está en Francia.
La romería de septiembre es lo que queda del antiguo festival de la uva. Ya no se carga a la Virgen del Buen Despacho a hombros — ahora va en la furgoneta de la junta parroquial. Pero la misa aún se canta, y los cánticos suben la ladera como si el tiempo no hubiera pasado. Al final, sopa de piedra y vino en botellas. Y siempre hay alguien que llora, «porque recuerda».