Artículo completo sobre Moure: viñas, orujo y promesas en el Minho
Entre lagares de cemento y romerías descalzas, Vila Verde late en Moure
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Las campanadas del campanario dan las doce, pero quien ha crecido aquí no necesita reloj. El eco baja por los socalcos de vid hasta el río y el viento trae el olor a orujo fermentando en los garajes. Ese aroma —agrio y dulce a la vez— anuncia el otoño antes de que caiga la primera hoja.
Fe escrita en el paisaje
San Antonio parece, a veces, el único santo que existe. En junio la iglesia se llena de velas y el atrio se queda pequeño. Algunos vienen por la bifana y la verbena, otros por promesas murmuradas con la imagen procesionando entre bancos. Diez días después se repite el espectáculo, ahora con bandas forasteras y una feria de coches. Entre medias se sube a la Romaría do Bom Despacho a pie, dando tumbos por la carretera comarcal con los pies ardiendo dentro de las zapatillas. El polvo se te pega en los calcetines y la charla va rezando y desahogando a la vez.
El pelourinho, en medio del atrio, está olvidado. Los críos lo usan de portería; los mayores recuerdan que allí se medían los alqueires. Las marcas del azote siguen visibles, pero nadie sabe ya a quién castigaron.
Viñas, mesas y lo que da la tierra
La vid es lo que queda. Cuando el maíz dejó de rentar, ella ocupó los campos. Aún se hace vino como el padre: uvas pisadas a pie en un lagar de cemento cubierto con tela de mosquitero. El mosto pasa los noches de octubre en la cochera, entre el coche y la lavadora, murmurando solo. Sale agrio, pero es nuestro. Se sirve en una botella de plástico y quien no lo aprecia va a comprar a Vila Verde.
Si el domingo hay visitas, se mete al horno el cabrito que crió el vecino. Mientras, el padre baja a la bodega por la botella de aguardiente con tapa de corcho. La carne Cachena solo aparece en fiestas: es cara y cuesta encontrarla. La miel es de José de la tienda, que tiene colmenas en la sierra del Gerês; viene en bote de tres kilos y dura todo el invierno endulzando la leche caliente que la abuela da a los nietos antes del cole.
Latido demográfico
Moure tiene 1378 almas, pero parecen menos. A las nueve de la noche la calle es silencio. Aun así, la escuela aún da abasto: dos grupos de primaria, uno mixto de segundo y tercero, otro de cuarto. Cuando suena el timbre corren al bar de Doña Alda a por un pastel de hojaldre. Los mayores vigilan desde la terraza el tiempo que pasa. La farmacia cerró hace dos años; para una pomada hay que bajar a Vila Verde. El médico pasa dos veces por semana, pero quien está grave se va a Braga a toda letra, a 110 por la EN-103.
Aun así, alguien regresa. Rui volvió desde Oporto, compró la casa de sus padres y plantó dos hectáreas de vid. Dice que sale más barato vivir aquí y que el aire con sabor a tierra le hacía falta. Por la noche se sienta en el banco de granito frente a la iglesia y escucha la nada. Luego entra, porque el frío del Minho no perdona.
Al caer la tarde el olor a leña mezclado con el estiércol que Juan acaba de esparcir anuncia que el día se acabó. Puerta aquí, puerta allá, el pueblo se va cerrando. Solo el perro de Remís sigue ladrando a la luna que se alza sobre las viñas.