Artículo completo sobre Pico: el Minho que se resiste al olvido
En Vila Verde, la campana marca lentas horas entre maizales y ahumadoras
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El humo de la leña sube en hilos rectos en el aire gélido de la madrugada. En las laderas de Pico, el verde de los maizales se alterna con el marrón de la tierra removida, mientras la campana de la iglesia marca las horas sin prisa: tres golpes, pausa, dos golpes. Aquí, a 178 metros de altitud, el Minho rural resiste en gestos cotidianos: la azada que raspa la piedra, el carro de bueyes que cruje en la pista de tierra apisonada, el gallo que anuncia el día mucho antes de que salga el sol.
La parroquia se extiende apenas dos kilómetros cuadrados donde viven 516 personas —aunque, en la práctica, son menos. Los lunes, cuando el autobús municipal baja por la carretera comarcal, apenas quedan unas pocas decenas en las calles. El resto se marchó o permanece guardado en las fotos amarillentas del bar, detrás de la barra donde Antonio sirve cafés desde 1978.
Entre la viña y la ahumadora
Las parras aún marcan algunas fincas, pero quien viene del pueblo ya no reconoce los campos. El maíz crece donde antes había viña, y las patatas ocupan los bancales que los abuelos abrieron para las cepas. En la ahumadora de doña Rosa, el chorizo aún se cura por San Martín —«siempre fue así, siempre será», dice ella—, aunque la nieta ya no sabe atar los tripes con el nudo justo.
En los almacenes de la cooperativa, la miel huele a romero y a zarzas de otoño. El problema es encontrar quien la extraiga. Las colmenas quedan en los campos de terraza, abandonadas a medio camino, esperando manos que ya no aguantan el humo.
Tres santos, tres calendarios
En junio, la fiesta de San Antonio llena la aldea de gente que ya no vive aquí. Hijos y nietos regresan, la plaza tiene música en directo, y la sardina se asa en espetos de madroño como siempre. Pero a las tres de la madrugada, cuando cesan los cohetes, Pico vuelve a ser lo que es: el perro de Manuel que ladra a lo lejos, el reloj de la iglesia que se atrasa tres minutos al mes, el olor a estiércol que viene de las coliflores de doña Amelia.
Fuera de esas fechas, el tiempo se mide por otros ritmos: el autobús de las ocho a Vila Verde, la misa de las diez del domingo, el bar de César que abre a las siete incluso el día de Navidad. Para dormir, hay una habitación en casa de doña Alice: da al campo donde su marido plantó el primer maíz ecológico del municipio, en 1994. «Pero eso ya nadie lo recuerda», dice, sirviendo un café que sabe a leña y a pasado.
El sol se esconde pronto entre los montes. Se encienden las luces en las cocinas, y el olor a caldo gallego se escapa por las ventanas entreabiertas —siempre entreabiertas, incluso en invierno, para dejar entrar el sonido de las campanas. En los corrales, el ganado se acomoda para la noche. Alguien cierra el portón de madera con un crujido que todos reconocen: es José Mario, que vuelve de la terraza donde jugó a la mus con la misma baraja desde hace treinta años.
Pico se duerme como siempre se ha dormido: despacio, al son del viento que baja del norte y hace temblar las hojas de los robles viejos. Mañana hay sopa de nabo en la cena comunitaria, y doña Rosa ya ha puesto el judío en remojo.