Artículo completo sobre Turiz
Fiestas de fuego, viñedos en bancales y piedra que cuenta siglos en Vila Verde
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El olor a leña sube de las chimeneas antes de que el sol corte la niebla que se amontona sobre el valle del Cávado. En Turiz, junio empieza pronto: la noche del 12 al 13, las hogueras de San Antón arden en las eras y, alrededor, se juntan generaciones enteras mientras el fuego dibuja sombras danzantes en las fachadas de granito. El estruendo de los cohetes rompe el silencio húmedo de la madrugada y anuncia el día del patrón. Aquí, a 92 metros de altitud, entre viñas dispuestas en bancales que bajan hasta la ribera, el calendario aún se mide por las fiestas y las cosechas.
Piedra, torre y memoria
El nombre viene del latín turris —torre— y, aunque hoy no se alza ninguna atalaya medieval sobre los campos, la memoria de esa estructura defensiva persiste en la propia geografía del lugar. La primera mención escrita data de 1058, cuando Don Fernando Magno donó estas tierras al monasterio de Guimarães. Desde entonces, Turiz creció como núcleo agrícola, cruce de caminos y parroquia de vinateros. La iglesia parroquial de San Antón, reedificada en el siglo XVIII, exhibe un barroco contenido por fuera y un interior donde el rococó se manifiesta en tallas doradas y azulejos que atrapan la luz de la mañana. Más discreta, la capilla de Nuestra Señora del Buen Despacho, del siglo XVII, guarda en su atrio los cipreses que sirven de hito a los peregrinos que suben hasta ella en septiembre, durante la romería anual.
Entre las casas viejas, los cruceros de piedra marcan las plazas y los cruces. No son monumentos: son presencias cotidianas, testigos de una devoción que nunca necesitó espectáculo para imponerse.
Vino verde y vendimia dorada
Las viñas cubren el territorio como una segunda piel. Acomodadas en bancales que siguen la ondulación del terreno, se vuelven en septiembre una colcha de amarillos y verdes intensos. Turiz forma parte de la Región Demarcada de los Vinos Verdes y, en las quintas familiares, aún se pisa la uva en lagares de granito al son de voces que entonan cantares antiguos. El vino que nace aquí —blanco, fresco, ligero— acompaña como es debido el caldo verde con chorizo, el arroz de sarrabulho o los rojões a la minhota que humean en las fuentes de barro.
En las reposterías y en las casas, los dulces conventuales perpetúan recetas seculares: toucinho-do-céu, papos-de-anjo, castañas dulces de San Antón. La miel de las Tierras Altas del Minho, con denominación de origen protegida, endulza los postres y entra en la composición de pasteles que se sirven en las verbenas de junio.
El río y los caminos
El Cávado marca la frontera natural al oeste. Sus orillas son refugio de pescadores de boga y barbo y de caminantes que siguen el trazado del antiguo ferrocarril del Tâmega, clausurado en 1990. En lugar de la vía quedan los plataformas de hormigón de los puentes y una senda llana que lleva hasta el embarcadero de Remelhe, donde los barcos turísticos hacen escala en verano. Aquí el río se abre en lagunas de agua quieta, el espejo perfecto para los alcornoques que resisten en las laderas.
Hogueras, procesiones y chamarritas
La fiesta de San Antón, el 13 de junio, transforma la parroquia. Procesiones, música tradicional, verbenas que se alargan hasta la madrugada. Las Fiestas Concelhias en Honor de San Antón prolongan la celebración varios días y traen conjuntos folklóricos que bailan el vira y las chamarritas en las plazas empedradas. En septiembre, la Romería de Nuesta Señora del Buen Despacho atrae peregrinos de toda la comarca en una fiesta campestre donde lo sagrado y lo profano se entrelazan sin contradicción.
El humo de las hogueras de junio sube despacio, dibujando espirales que el viento deshace antes de tocar las copas de los robles. Cuando la última brasa se apaga en la era y el sol ya calienta el granito de los umbrales, queda el olor a ceniza mezclado con el perfume de las viñas —y la certeza de que, dentro de un año, todo se repetirá exactamente igual.