Artículo completo sobre Amedo y Zedes: piedra milenaria en Carrazeda
Entre dólmenes y casas solariegas, la parroquia guarda silencio y sabores de Bragança
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El granito de los marcos de la puerta de la iglesia parroquial de Santiago conserva el frío de la noche incluso cuando el sol ya ha calentado el cielo de Amedo. Hacia mediodía, los escalones de la entrada empiezan a templarse bajo una luz que corta el aire seco de la meseta, a 703 metros de altitud. El silencio aquí tiene peso propio: solo el murmullo lejano de alguna conversa en la calle rompe la quietud tras montes.
La fusión administrativa de 2013 unió Amedo y Zedes en una sola parroquia, pero cada aldea conserva su carácter. En Amedo, la Casa Apalaçada da Carranca exhibe en la chimenea una gárgola grotesca que vigila la calle desde hace siglos, tallada en piedra para espantar los malos ojos. Más abajo, el Fuente de San Martín invita a detenerse: un arco de medio punto sobre agua oscura donde aún se llenan los cántaros. El Puente del Torno, medieval, salva un arroyo casi seco en verano; sus piedras, desgastadas por las ruedas de los carros de bueyes que ya no pasan.
Piedra que cuenta milenios
Zedes guarda un secreto más remoto. La Casa da Moura se alza en la meseta: un dólmen con cámara poligonal y corredor orientado al este, datado del IV milenio a.C. La piedra, fría al tacto, mantiene la temperatura de la tierra incluso en pleno agosto. No lejos, el Solar dos Barbosas —un palacete neoclásico de 1867 con capilla anexa— representa otra época, cuando la región albergó familias acomodadas ligadas a la tierra y al comercio del vino.
Las iglesias parroquiales de San Gonzalo en Zedes y de Santiago en Amedo, ambas de barroco rural, punctúan el paisaje con sus campanarios levantados en 1723 y 1754, respectivamente. En su interior huele a cera y madera vieja, esa humedad que nunca abandon del todo los templos de piedra.
A la mesa tras montes
Con 401 vecinos empadronados en 2021 (según Pordata), la parroquia vive al ritmo del envejecimiento: 145 mayores frente a 43 jóvenes. Pero la cocina no envejece. Llegan a la mesa el Cordero Terrincho DOP y el Cabrito Transmontano DOP, asados en horno de leña hasta que la piel chisporrotea. Los embutidos —Chouriça de Carne de Vinhais, Salpicão, Presunto Bísaro— cuelgan de los ahumaderos, curados por el humo de roble durante tres meses. El Queso Terrincho y el Queso de Cabra Transmontano acompañan el pan casero, regado con Aceite de Trás-os-Montes DOP. Todo ello en territorio del Alto Douro Vinhateiro, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2001, donde los viñedos bajan en bancales hasta el valle.
Las fiestas en honor a Nuestra Señora de la Asunción (15 de agosto) y la de Santa Eufemia (16 de septiembre) animan las calles en verano, cuando regresan los emigrantes y los 208 alojamientos vacíos cobran vida temporal. La Romería de Carrazeda, celebrada desde 1923, atrae a devotos de las aldeas cercanas en un ritual que perpetúa la fe y el encuentro.
Cuando sopla el viento del norte trae olor a tierra labrada y a resina de pino. La escultura del Resinero en Amedo, inaugurada en 2012, homenajea ese oficio que sobrevivió hasta los años ochenta gracias a Joaquim Rosa, el último resinero de la aldea.