Artículo completo sobre Lavandeira, Beira Grande y Selores: tres aldeas, un legado transmontano
Lavandeira: humo de olivo y pernil en el Duero
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El olor de la leña de olivo antes del alba
El humo de la leña de olivo empieza a salir de los hornos de Lavandeira cuando aún no ha clareado del todo. A 598 metros de altitud, el valle del Duero parece más lejano de lo que los ojos alcanzan a medir, pero está ahí, recortado entre las colinas, visible desde el primer bancal de vid. Tres aldeas comparten ahora la misma denominación administrativa, pero cada una conserva su propio ritmo: Lavandeira con su iglesia de Santa Eufemia, Beira Grande aferrada al Mirador del Seixo dos Corvos, Selores con la Casa clasificada que atestigua siglos de memoria tras montes. Entre ellas, 3.604 hectáreas de olivares, viñedos y caminos de tierra apisonada donde caben apenas 337 habitantes —9,3 por kilómetro cuadrado, uno de los índices más bajos de la región—.
Fiesta de la Marrã
El 15 de septiembre, el humo se espesa y todo el territorio converge hacia Lavandeira. La Fiesta de Santa Eufemia —conocida localmente como Festa da Marrã— convierte la aldea en un punto de peregrinación gastronómica. El pernil asa durante siete horas entre brasas de olivo y roble. Cada familia aporta su pan de hogaza, el aceite fluye en hilo continuo y el vino tinto se sirve en cántaros de barro que pasan de mano en mano. No hay entradas ni reservas: se ocupa el hueco que quede en la mesa de madera y se paga al final por lo que se ha comido.
La iglesia que marca el tiempo
La iglesia de Santa Eufemia, Bien de Interés Público desde 1993, se alza en el centro de Lavandeira con la sobriedad propia del arte religioso tras montes: muros encalados, granito en los dinteles, campana que marca las horas incluso cuando ya nadie necesita reloj. El interior conserva el retablo barroco original y un crucifijo de madera del siglo XVII que solo sale en procesión una vez al año. La misa de las nueve del domingo reúne aún a más de treinta personas —cifra considerable para una parroquia de este tamaño—.
Un mirador sin prisa
En el Mirador del Seixo dos Corvos, en Beira Grande, el valle se abre sin aviso. El río discurre abajo, cinta plateada entre los bancales de viña que descenden en tramos irregulares —el paisaje clasificado por la UNESCO como Alto Douro Vinhateiro se extiende hasta donde alcanza la vista. El viento aquí es constante: trae olor a tierra seca en verano y humedad fría en invierno. No hay barandillas, solo la roca viva y el vacío vertical. Es un mirador para quien no tiene prisa por fotografiar y marcharse.
El lagar donde nació el aceite
El Núcleo Museológico del Lagar del Aceite funciona en un antiguo lagar comunitario cerrado en 1987. Las prensas de piedra y madera siguen en su sitio —la mayor pesa cuatro toneladas y necesitaba seis hombres para moverla—. Hoy te explican cómo se hacía el aceite de Trás-os-Montes DOP antes de las centrífugas: trituración lenta, decantación en tanques de piedra, separación manual del líquido. La visita dura veinte minutos y incluye una cata de aceite nuevo sobre rebanada de pan centeno.
Seis campanadas al anochecer
La última luz golpea la fachada encalada de la iglesia de Santa Eufemia y el granito de los dinteles se calienta por última vez antes de que baje el frío de la noche. El humo de una chimenea sube recto, sin viento que lo desvíe, y la campana repica seis veces cuyos ecos corren entre las tres aldeas como si fueran una sola.