Artículo completo sobre Pereiros: aceite virgen entre viñedos de pizarra
En este rincón del Alto Douro aún se prensa oliva centenaria y se vendimia la cepa de 1927
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El aceite rezuma espeso y verde-dorado del prensado de madera, llenando la lagar con un aroma que abre el apetito a cualquiera. Es octubre en Pereiros, y el torno centenario gira despacio, como quien no tiene prisa —de hecho, nunca la ha tenido. Fuera, el sol de la tarde enciende los bancales ya desnudos, dejando solo la geometría de los muros que suben la ladera como escaleras al cielo.
La parroquia que vive arriba del todo
A 370 metros sobre el Duero, Pereiros reparte sus 151 vecinos entre unas sesenta casas que parecen haberse perdido en medio de la viña. El pueblo viene de la Edad Media, cuando dependía de la antigua villa de Ansiães —que se trasladó a Carrazeda en 1734, pero esa es otra historia—. El nombre viene de los perales que abundaban por aquí, pero hoy manda la vid. En pleno Alto Douro, cada metro cuadrado se ha conquistado a la piedra: bancales de pizarra hechos con paciencia de santo, generación tras generación.
Entre la molienda y la vendimia
El lagar comunitario solo abre en campaña —octubre y noviembre— y es entonces cuando se ve movimiento. Al entrar te golpea ese vapor oleoso en la cara, oyes el crujido del torno y, si hay suerte, comes pan con aceite nuevo que todavía hace cosquillas en la garganta. En septiembre toca la vendimia: cestas a la espalda, sudor mezclado con mosto, y esa viña vieja de 1927 que da un lote anual de 400 botellas. Todo se vende a emigrantes que vuelven y a los amigos de siempre —nadie más sabe que existe.
A mesa transmontana
Cabrito al horno de leña, cordero Terrincho a la brasa, salchichón y jamón de Vinhais con broa de maíz. El queso Terrincho se acompaña de dulce de higo —combinación que suena rara hasta que se prueba. El vino corre a litros, tinto como debe ser, y los almuerzos se alargan hasta que ya no se ven las manos.
Fiestas que traen a los ausentes
Septiembre empieza con la Fiesta de Santa Eufemia: misa, procesión y después la sardinada. La concertina suena hasta la madrugada y siempre hay un viejo que recuerda bailes que nadie hacía desde hace 30 años. El 15 de agosto toca Nuestra Señora de la Asunción —día para encontrarse con gente que no se veía desde el año pasado. El domingo siguiente se va andando hasta Carrazeda en la romería, saludando a medio mundo por los caminos de pizarra.
Esos mismos senderos suben y bajan entre muros de piedra en seco, y de pronto se abren sobre el Duero abajo. A lo lejos, un águila dibuja círculos en el aire. El silencio solo se rompe con alguna campana y el viento en los almendros.