Artículo completo sobre Pombal: donde el vino huele a pizarra y alma
Vendimia entre viñedos de patrimonio, romería y el silencio de la calzada romana
Ocultar artículo Leer artículo completo
El aroma del mosto sube de los lagares la primera semana de septiembre y se mezcla con el humo de las eras que aún arden en las laderas. En Pombal, la vendimia es como el fútbol en otros lares: todo el mundo opina, incluso quien nunca ha pisado un racimo. Las 230 personas que aquí se quedan saben que la pizarra guarda el calor del día; eso es lo que da al vino esa mordiente que los ingleses llaman «minerality» y nosotros, simplemente, «terruño».
Piedra que sostiene viña y memoria
La Ponte do Torno está ahí desde que tengo uso de razón. Un solo arco de granito que los libros datan en medieval, pero que para nosotros es solo «el puente». Los turistas lo fotografean al atardecer, cuando el agua hace espejo y el arco se completa: bonito, sí señor, pero yo prefiero la mañana de invierno, cuando la bruma sube del río y parece que el puente va a desvanecerse.
La calzada romana que parte de ahí hasta las Termas es de los pocos sitios donde aún se oye el silencio. Tres kilómetros a pie, entre muros de pizarra y olivos que ya eran viejos cuando mi abuelo era crío. Al final, agua hirviendo a 28 grados: dicen que cura reumas; yo creo que cura añoranzas.
La iglesia es como las demás: granito por fuera, oro por dentro. Pero la romería de Santa Eufémia, el 15 de septiembre, sigue siendo aquello de antes. Hay tambores, hay gaita, y hay un viejo que aún sabe el «Loa» en latín de coro. La misa es al aire libre, sí, pero lo importante viene después: el vino se saca de las botellas, el lechón del horno, y los cantares a voz limpia duran hasta que las estrellas se cansan.
Bancales que suben hasta la UNESCO
Desde 2001 esto es Patrimonio de la Humanidad: traducido, los vinos subieron de precio y los turistas bajaron de autocar. El «Caminho das Vinhas» es un anillo de seis kilómetros que hasta mi suegra hace, y tiene más de ochenta. En la cima del Cabeço do Fojo se ve el Duero hacer curvas, como quien no tiene prisa por llegar a ninguna parte.
António José —el «Burdeos», como le llaman— fue el primero de por aquí en poner vino en barrica de roble francés. Dicen que ganó medallas; yo sé que ganó un Ferrari rojo. Pero el vino sigue haciéndose como siempre: los pies en los lagares, las manos en los racimos, y la paciencia en los años.
Mesa de pizarra y fuego lento
En el «Cantinho» —que es literalmente un rincón, solo caben seis mesas— la chanfana viene en cazuela de barro y el pan en cesta trenzada. El cabrito se cocinó ayer, el queso se hizo anteayer, y el dulce de higo… bueno, el dulce de higo es de mi madre, pero eso ya es otra conversación.
En la ultramarinos de Glória —donde se pesa en balanza de dos platillos y se factura en cuaderno de pauta— aún se compra Terrincho con corteza que huele a nuez y chorizo de Vinhais que sacia a un hombre durante una semana de siega.
Cuando cae la noche y el cielo se pone negro, la Vía Láctea aparece como un trazo de tiza. El silencio es tan denso que se oye el Torno correr abajo. Y es entonces —entre el murmullo del agua y el crujido de la puerta de la iglesia— cuando se entiende: esto no es tierra de grandes cosas, es tierra de cosas que se quedan.