Artículo completo sobre Lamas, el alma ahumada de Trás-os-Montes
Pueblo de 238 almas, chorizos al humo y olivos que se rinden al viento
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La brisa matutina trae el olor a leña recién quemada y a hierba cargada de rocío. En Lamas, a 765 metros de altitud, el aire te araña la garganta los primeros minutos —como un orujo que baja sin aire de por medio—. Luego se aquieta, limpio y fino como el vino de la última cosecha que Zé Manel reserva para las visitas. En las laderas, los olivares dibujan hileras paralelas que se rinden al suave declive del altiplano trasmontano; las hojas plateadas se mueven al ritmo del viento como mujeres que ventilan secretos en la puerta del bar.
Entre los muros de piedra en seco que cercan las heredades, los hórreos de granito y madera cuarteados por el tiempo guardan el maíz y el centeno. Son las cajas fuertes de la aldea —solo que, en lugar de dinero, atesoran el pan de todo el año.
Raíces en la tierra y en la piedra
Dicen que el nombre viene del latín lamina, terreno llano. Con 238 vecinos, Lamas es de esos lugares donde nadie se avergüenza de salir a la puerta en zapatillas. Aquí, cuando alguien muere, todo el mundo lo sabe antes de que toque la campana. La iglesia de San Pedro es el centro neurálgico: se casa, se bautiza y el cura aún recita de memoria el nombre de todos los santos de la parroquia.
Las fiestas de San Pedro, en junio, son nuestro Carnaval. Llega gente que ni sabíamos que tenía parientes por aquí. Y el Santo Ambrósio… bueno, entonces el atrio se llena de humo de sardina y el vino corre más deprisa que el agua de la fuente.
Las casas de granito oscuro se aprietan unas contra otras como viejos en el banco del parque. En las fuentes antiguas el agua siempre está fría —incluso en agosto, cuando el sol aprieta más que la suegra.
Sabor a embutido y oro líquido
La cocina de Lamas no tiene secretos; tiene tiempo. En invierno, la matanza del cerdo es una fiesta: cada uno presume de su receta de chorizo, aunque luego diga que el del vecino es el bueno. El ahumado perfuma la casa —se cuela en los abrigos, en el pelo, en las conversaciones de teléfono.
El rojão a la trasmontana se hace despacio, como quien cuenta un cuento. Y el cabrito… ah, el cabrito es para cuando la nuera viene a casa por primera vez. Es nuestro test de resistencia: si aguanta el ajo y el colorau, aguantará al resto de la familia.
El aceite sabe a tierra y a jornal. No es para cualquiera: hay quien dice que pica, pero es que está acostumbrado al sin sabor del supermercado. Con las migas de col es cuando se lucen: se preparan con el pan de ayer, porque tirar pan es pecado mortal en la aldea.
Entre el altiplano y el embalse
Los senderos que atraviesan la parroquia son las venas de Lamas: saben adonde van, aunque nadie se lo haya dicho. Se cruza con olivares centenarios, muros que vieron a bisabuelas flirtear y ese embalse de Azibo que parece el mar cuando el viento se enfurece.
Lamas forma parte del Geopark, pero para nosotros es solo la tierra donde nacimos. Las rocas cuentan historias —si se sabe leerlas—. Zé Manel dice que aquel pliegue es como las arrugas de su madre: marcas de tanto tiempo cargando el mundo a cuestas.
Al caer la tarde, cuando el sol se posa entre los olivos como quien se sienta en el banco de la plaza, suena la campana. Es nuestro WhatsApp: avisa de que toca volver a casa. Y cuando el viento trae otra vez el olor a leña, comprendemos que todo esto —la tierra, la piedra, el pan, el vino— es lo que nos mantiene sujetos, como raíces que nadie ve pero todos sentimos.