Artículo completo sobre Podence: caretos, silencio y cabrito a la brasa
Entre caretos de latón y playas del Azibo, Podence guarda el carnaval más bravo de Trás-os-Montes
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El latón de la careta fulgura aunque no asome el sol. En Podence, los matracas parecen guardar resaca: se escuchan los domingos, cuando el viento baja de la sierra trayendo ese recuerdo metálico. Fuera de temporada, la aldea es un silencio denso entre pizarras. Pero basta cerrar los ojos en la plaza del Cruce y ahí están: los Caretos bajando como un enjambre de color, silbando a las chicas como quien pregunta «¿te vienes o qué?».
Lo que se aprende antes de saber leer
El Entroido de Podence no es para turista con entrada. Es domingo de carnaval: la vecina peina al nieto para que haga de facanito y le espeta: «¿Ves a esa tía? Le silbarás en la pierna, sin tocar; es la gracia». Entre domingo y martes, el pueblo entero se convierte en teatro callejero sin ensayo. Las Matrafonas son los chicos que se bebieron un vino de más y decidieron que la falda de la madre servía. A última hora, se quema el Entrudo: un muñeco de ropa vieja que se lleva los pecados del año. En el Museu do Careto hay mascaras de hojalata abollada que parecen tener arrugas. Son las originales: no eran bonitas, pero aguantaban.
El embalse donde el verano se escapó del cuartel
A diez minutos en coche, el Azibo es lo que el ejército no pudo llevarse: agua fresca incluso en agosto. La crearon en el 82 y aún hay quien recuerda los maizales que allí había. Hoy tiene dos playas con bandera azul: se puede bañar sin llevarse una diarrea de campeonato. El agua está fría, sí, pero limpia. En Santa Combinha, al otro lado, hay senderos donde el ruido más grande es el propio zapato. Lleven galletas: los mirlos se acercan como si estuvieran en el bar pidiendo cacahuetes.
Lo que se come sin pedir perdón
El cabrito va a la brasa durante horas: no hay prisa, el tinto se abre a las tres y ahí se queda. La feijoada es espesa como conversa de tasca: lleva salchichón de Vinhais que parece espuma de mar en trozos, y la chorizo de carne es esa que suelta un hilo de grasa que hasta el pan agradece. El queso terrincho cruje entre los dientes como arena fina: señal de que está bueno. Lleven estómago y tiempo. Quien venga de broma se vuelve a quedar con hambre al amanecer: el cuerpo recuerda que ha comido cosa de verdad.
Los que se quedaron para contarlo
Doscientos cincuenta y ocho. Caben todos en la iglesia matriz, con sitio para la visita. Pero llega el domingo de Caretos y se multiplican: los hijos que vienen de Oporto, los nietos que estudian en Bragança, ese primo que trabaja en Suiza y trae amigos a ver «qué se hace en medio de la nada». Desde el mirador de la Capilla del Campo, la aldea parece un suelo de pizarra resbalando hacia el Azibo. Suena la campana y el bajo corre como taxi vacío: lleva a quien quiere volver.