Artículo completo sobre Sezulfe: el pueblo donde el silencio huele a leña
En la aldea trasmontana de Sezulfe cabritos al horno, sendas de lobos y 271 abuelos
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El humo de la leña sube recto, como quien sabe de memoria el camino de vuelta. En Sezulfe, a 668 metros de altitud, el silencio es tan espeso que hasta el viento parece pedir permiso antes de pasar. A veces la niebla se cuela por los valles del arroyo y se queda ahí, terca como un perro viejo, hasta que el sol la despide.
La casa del lobo
Dicen que Sezulfe viene de “casa del lobo”. Y es verdad: los lobos ya solo existen en el nombre y en los cuentos que el tío Américo suelta en el bar, después del tercer aguardiente. Pero fue así: cuando don Sancho I cedió estas tierras a un tal Fernando Fernandes en 1196, los bichos bajaban en manada por los montes entre Bornes y Nogueira. Hoy son 271 almas, pero contadas deprisa: 125 tienen más de 65 años y solo 17 aún van al colegio. Haga números.
Lo que se come
En la cocina de doña Alda, el cabrito entra al horno a las siete de la mañana y no sale hasta la hora de cenar. Mientras, el ahumado hace su trabajo: salpicón, chorizo de Vinhais, salchichas que parecen coladores de tanto olor. En junio, el día de San Pedro, se ponen mesas en la calle y la concertina suena hasta la madrugada. Se sirven migas que no parecen migas, feijoada que no parece feijoada — esa grasa del embutido es la que hace cantar al alubia. Al fondo, un chupito de bagaço para hacer puente con el bizcocho de nuez.
El sendero que merece la pena
Si le apetece estirar las piernas, hay una senda que baja hasta el embalse de Azibo. Son seis kilómetros que parecen menos de ida y muchos más de vuelta. Pero merece la pena: el ganado pastando, el tomillo oliendo a trote, y desde el Cabeço do Facho se ve la sierra entera como si fuera una alfombra de pizarra. Lleve agua, lleve un pan con chorizo y no se queje después de que no se lo advertí.
Santo Ambrósio
El 7 de diciembre es día de Santo Ambrósio. Misa al aire libre, mujeres con bandeja en la mano, hombres con la mano en el bolsillo discutiendo si este año llueve más o menos que el pasado. El frío corta las orejas, pero siempre hay un rincón con vino caliente. Cuando cae la noche y la gente se va a casa, solo quedan los pasos en la piedra y el humo de las chimeneas subiendo, terco como la niebla de la mañana.