Artículo completo sobre Duas Igrejas: donde el Duero se olvida del tiempo
Aldea de Bragança que guarda dos iglesias, queso de pizarra y valles de buitre leonado
Ocultar artículo Leer artículo completo
La campana de las ocho
La campana de la torre da las ocho y su bronca se desparrama por las aldeas como quien avisa que el día acaba de empezar. En los muros de granito aún se resiste el frío de la noche; el sol, sofocado, asoma por el borde del plateau. Al frente, el valle del Duero Internacional se abre en pleno —743 metros de altura, o lo que es lo mismo: un precipicio de caliza donde el río se olvidó de llevarse la voz.
Duas Igrejas se quedó con ese nombre porque, hacia 1528, ya había dos capillitas compitiendo por fieles. La de Nuestra Señora del Monte creció, se convirtió en parroquia en el siglo XVIII y hoy presume de un retablo barroco que duele a la luz de las velas. Dentro huele a cera y a madera que ha visto misa tras misa. En la sacristía guardan dos trocitos del beato Carlo Acutis —quien inventó la ruta de las reliquias sabía lo que hacía: el turista entra, enciende una vela, se hace un selfie y se va. Sin alharacas.
Esparcidos por los lugares —Póvoa, Vilar, Sebadelhe, Aldeia Nova—, los cruces de granito marcan las curvas como hitos de merendero. Las ermitas de San Antonio y San Sebastián solo abren cuando hay fiesta, o sea, casi nunca. De los 558 vecinos empadronados, la mitad solo aparece el fin de semana de verano: ciclistas en la vía verde del Sabor, senderistas que suben al mirador, críos pidiendo agua en las fuentes. El ruido sigue siendo el mismo: racheta de viento en las tojas y el tuétano de los ratoneros que bajan de patrulla.
Lo que se come
En la Casa do Pastor, Aldeia Nova, el queso es de oveja y cuaja en pizarra, como mandan los cánones. La Carne Mirandesa se pasa a la brasa de roble: humo gordo, sal que mata la sed, pellejo crepitando. Chanfana de cabrito lleva horas en la cazuela de hierro hasta que la carne se rinde al tenedor. Para acompañar, vino de cepas que el abuelo no supo nombrar: rabo de gallo, bastardo, lo que haya en la pipa. Dulce de calabaza menina y broa de maíz con miel de brezo. El pan, si no quema la lengua, no es pan.
Días que marcan el calendario
– Domingo tras Pentecostés: Fiesta de la Santísima Trinidad. Verbena, procesión, gente comiendo de pie.
– 8 de septiembre: Nuestra Señora de la Luz. Hogueras en la plaza, sardinas a la brasa en rejillas cuadradas, mesas de pino hasta la esquina.
– 4 de diciembre: Santa Bárbara. Reparten bolinhos a la puerta de la iglesia; quien llega tarde se lleva la mano llena de nada.
– 24 de diciembre: Chocalhada de Natal. Los pastores bajan de Sebadelhe con cencerros de lata y armando un corre-corre que hasta los perros se callan.
– Entroido: queman muñecos que se parecen al alcalde o al dueño del bar. Cohetes, risotada, cerveza que chorrea del botijo.
Lo que se ve
El Parque Natural del Duero Internacional es un muro de caliza a plomo. Los buitres leonados hacen vuelo rasante; las águilas reales ni se molestan en mirarnos. En abril, el narciso de Miranda pinta los prados de amarillo pálido —solo crece ahí, no vale la pena llevar bulbos a casa. El sendero PR3 MIR sube entre alcornoques y encinas hasta el mirador; desde arriba, el horizonte parece línea de contable. Al atardecer, en el mirador de las Poças do Sabor, solo se oye el grito de un ratonero que se ha tragado el silencio.
Al final de la calle, el hórreo más alto del municipio —12 metros, dicen los que lo contaron—. Maíz secándose, listones dando el callo, olor a tomillo cuando gira el viento. Aún se habla mirandés en algunas cocinas; fuera, la campana vuelve a sonar y nadie se levanta de la silla.