Artículo completo sobre Ifanes e Paradela: pizarra, mirandés y silencio
Ifanes e Paradela, Miranda do Douro: pueblos de pizarra y mirandés donde el centeno ondula a 774 m y aún suenan las minas de wolframio.
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El graznido de la graja suena como si alguien arrastrara una silla de hierro por el suelo. Es el ruido que más se repite, aquí arriba, a 774 metros, donde la pizarra oscura se calienta despacio al sol. Entre Anfainç —Ifanes— y Paradela —unidas en 2013 más por necesidad que por ganas—, los campos de centeno parecen una alfombra mal colocada, con agujeros por donde asoma el cuarzo como dientes rotos. Son 233 personas repartidas en casi 4 500 hectáreas: una aldea donde la casa del vecino queda a tiro de honda y donde el silencio solo lo rompe el campanario o alguna vaca mirandesa que se ha colado en el prado de enfrente.
Piedra, fe y bocas en el tiempo
La iglesia de Ifanes se alza en medio, de granito gris como la mayoría de las casas. En Paradela, la capilla de la Trinidad es más pequeña, pero arm más jaleo: una vez al año se llena de gente que vuelve desde Francia de vacaciones y guarda el jersey de fiestas en el armario desde Navidad. No hay palacios ni castillos; lo que hay son muretes de pizarra encajados sin cemento, como quien monta un puzzle sin instrucciones. Debajo de los campos, sin embargo, hay túneles que la mano del hombre excavó en busca de wolframio: las minas de Bravio, Malhadais y Pissarros, abiertas en la Primera Guerra Mundial y cerradas cuando el metal bajó de precio. Hoy son huecos cubiertos de zarzas a los que los niños no tienen permitido acercarse —pero van igual.
La lengua que se aferra
Ifanes se dice Anfainç en mirandés, esa lengua que suena como si hablaran portugués con la boca llena. Aún se oye en los bares, entre un dedo de aguardiente y otro de conversación sobre el tiempo. Paradela viene de «pará» (junto) y «dela» (leira), que es como decir: tierra buena para plantar, mala para vender. Con nueve críos y 123 mayores, la parroquia envejece como una botella que nadie se atreve a descorchar; pero la lengua se queda, grabada en las señales y en las cantigas de las fiestas de Nuestra Señora de la Luz, donde hasta el cura se lía con el latín.
Mesa que no engaña
En las dos tabernas que hay —una en Ifanes, otra en Paradela—, el chuleton de Carne Mirandesa llega a la plancha tan rojo que parece vivo. Se acompaña de patata asada y grelos salteados con ajo, sin salsas que lo disfracen. El cordero va al horno de leña con romero y un hilo de aceite que el propietario jura que es de su casa. De postre, tarta de castaña y huevos hilados que la dueña hace a ojo —si protesta por el azúcar, le sirve otro trozo. Se bebe aguardiente de madroño que calienta como un cigarrillo mal apagado, o vino del Planalto que sabe a tierra que el viento no se llevó.
El fin del mundo, con vistas
La carretera que baja al Duero es como una cinta mal pegada: traza curvas que parecen no llevar a ninguna parte, hasta abrirse de golpe sobre el cañón. Abajo, el río corre entre peñascos como si huyera de alguien. Arriba, las águilas imperiales dibujan círculos perfectos: es el único tráfico que no tiene prisa. Los senderos son pocos y bien señalizados: se puede ir de Ifanes al mirador del Penedo dos Abutres, donde el silencio es tan denso que se oye latir el corazón. Lleve agua, lleve chaqueta y no confíe en el móvil: aquí la cobertura va y viene como la suerte.
Cuando se pone el sol, la pizarra de las casas se vuelve color óxido y la niebla sube del río como un gato que regresa a casa. Queda el olor a tierra caliente, el tintineo de la esquila de una oveja que se ha descolgado del rebaño y la certeza de que, tarde o temprano, se volverá.