Artículo completo sobre Malhadas: el pueblo que huele a pasto quemado
A 788 m, 275 vecinos y una campana que marca la vida entre ermita y fuente
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La campana de la iglesia suena como quien espanta una siesta aburrida: sin prisa, por costumbre. Timbra bajito y listo; ya todos saben que es la hora. Malhadas está a 788 m, pero lo que importa es que, desde arriba, el viento huele siempre a pasto quemado, incluso en pleno agosto. Son 275 vecinos repartidos en un puñado de calles imposibles de perder: baja hasta la fuente, sube hasta la ermita, regresa a la plaza donde el bar abre cuando a Zé le apetece.
Iglesia y ermita, dos caras de la misma moneda
La iglesia parroquial es del siglo XVIII, sí señor, pero lo mejor es colarse diez minutos antes de la misa del domingo: aún quedan piedras que guardan el calor de la tarde y un olor a cera que me devuelve a las cartillas. Los retablos se doran solo cuando el sacristán recuerda pasarles el trapo; el resto del año comparten polvo y telaraña, que también tienen derecho a formar parte de la historia. Subiendo la cuesta, Santa Bárbara vigila el pueblo desde arriba: parece minúscula, pero desde su umbral se ve el centeno ondular como si la tierra respirara. Ambas están catalogadas, pero la catalogación no paga la factura de la luz —dice el cura.
Fiestas: cuando la aldea decide ser barrio
En diciembre montan el «Aldeia Presépio» —un belén viviente portugués—: cada puerta aporta un trocito de musgo, una figurilla de barro, un gato dormido sobre el pesebre. El Mercado de Navidad se instala en el salón de la Casa do Povo; llevad monedas, porque el datáfono a veces falla. Probad la sopa del pendón: nabo, pan duro y panceta —engorda un par de kilos sin que te enteres. Luego, en mayo, junio y agosto, la banda desempolva los ensayos y toca a las tres de la tarde bajo un sol que derrite las trompetas. Los paulitos golpean el suelo como quien marca el paso a un buey terco; las mujeres, con trajes bordados, intentan no pisar a los cágados —tortugas— que cruzan la carretera. Es día de sacar brillo a las botas y de beber blanco bien frío que el cooperante guarda en la bodega desde la vendimia.
Qué se come (y qué se envuelve en papel de aluminio)
La Carne Mirandesa salta a la parrilla tras tres dedos de conversación: sabe a sal grueso, a humo de retama, a sangre que rezuma cuando se ha pasado un minuto de cuenta. El cabrito entra en el horno de la Casa do Povo; llevad servilleta, porque las costillas gordas resbalan. Los embutidos cuelgan de las chimeneas como calcetines del fin de semana: alheira, chouriço de biá, salpicão —elegid, empaquetad, cabe en el maletero. De postre hay bizcocho de nueces que doña Amélia hornea la víspera de misa; inventé una excusa para llevarme dos trozos, no os arrepentiréis.
Excursión hasta el Duero, o cómo perder los zapatos
Cinco kilómetros de pista y luego el borde: el Duero corta la peña como quien abre un melón. Hay vacas mirandesas que nos miran como diciendo «hasta aquí». El mirador de Fraga do Puio es solo una roca más grande que las demás, pero desde allí se ve el río negro hacer una curva y los buitres leonados aprovechar la termal. Llevad agua, porque la fuente de la Calçada suele estar seca cuando más falta hace. A veces, al atardecer, se oye un lobo lejos; los perros de ganado ni se inmutan, ya están acostumbrados a turistas que preguntan si es una sirena.
Cuando el sol se pone tras la majada, las espigas parecen fósforos encendidos y el olor a tierra caliente sube por los zapatos. Malhadas se queda pequeña, la carretera serpentea cuesta abajo y la campana ya no repica: señal de que alguien recuerda cerrar con llave. Mañana habrá de nuevo centeno meciéndose, el mismo viento, el mismo silencio —y, si queréis compañía, bastará con golpear el cristal del bar. Zé abre, o dice que ya ha cerrado, pero acaba sirviendo un café con leche igualmente.