Artículo completo sobre Póvoa: vacas, pizarra y silencio a 750 m
En Miranda do Douro, la aldea rural donde el cencerro despierta antes que el sol
Ocultar artículo Leer artículo completo
El sol despunta alto y la calle principal se llena de sombras alargadas que dibujan los muros de pizarra. Primero se oye el repiqueteo de los cencerros; después aparece el ganado: vacas mirandesas de pelaje castaño oscuro y cuernos anchos que suben, pausadas, por la calzada de tierra apisonada camino de los pastos. Un perro ladra a lo lejos. El silencio que sigue es denso, casi palpable, roto solo por el viento que barre el altiplano a 750 m de altitud. Aquí, en Póvoa, la vida rural sigue marcando el ritmo de las mañanas.
La aldea —el nombre viene del latín popula, sin más florituras— es una de las más pequeñas y menos pobladas del país: 164 vecinos repartidos en 22 km², lo que significa caminar kilómetros sin cruzarse con nadie. La parroquia pasó a depender de Miranda do Douro en 1286, cuando Dionisio I concedió carta de villa a la población fronteriza. No tuvo carta propia ni batallas épicas; su historia siempre fue la de los campos labrados, las cosechas de centeno, el ganado que sube y baja las laderas de pizarra. Los primeros registros parroquiales datan de 1640, año en que el párroco Antonio Márquez bautizó a 47 niños en una ermita aún sin campanario.
Carne, pan y horno lento
La mesa poveira refleja esa vida agro-pastoril sin aditivos. La Carne Mirandesa DOP —chuletones o cordero asado— aterriza en la fuente acompañada de patatas y grelos, regados con aceite de la almazara de Valverde. El Cordero Mirandés, también DOP, se estofa despacio en cazuelas de hierro heredadas de las abuelas hasta que la carne se deshace al contacto del tenedor. En las despensas cuelen chorizos y salchichas de ajo caseros, ahumados con leña de roble en el horno comunitario que Antonio, el panadero, enciende todos los viernes desde 1973. El pan de centeno, denso y oscuro, se parte a mano y sirve de base al desayuno: tostado, untado con manteca de cerdo o acompañado de lonchas de chorizo a la plancha. El Bolo Doce Mirandés, de hojaldre relleno de almendra, cierra los ágapes de fiesta, acompañado de un café cargado y un tinto regional fresco y generoso.
Arribas, buitres y cielo limpio
Póvoa forma parte del Parque Natural del Duero Internacional desde 1998 y se nota en el paisaje: valles profundos surcados por el río, arribas de pizarra dorada que caen a plomo, alcornoques y encinas retorcidas por el viento. En los bancales crecen olivos y almendros que, en invierno, se desnudan como esqueletos contra un cielo gris-azulado. Los senderos rurales —el de la Señora de la Luz, marcado en 2004 por un grupo de senderistas locales— llevan al mirador del Fradinho, donde se divisan buitres leonados planeando en amplios círculos, alas inmóviles, aprovechando las corrientes térmicas. Por la noche, lejos de cualquier contaminación lumínica, el cielo se abre en un manto de estrellas tan denso que se distingue la franja blanquecina de la Vía Láctea.
Renacer de las tradiciones
Las fiestas —Santísima Trinidad (el domingo de Pentecostés), Nuestra Señora de la Luz (15 de agosto), Santa Bárbara (4 de diciembre)— concentran a las comunidades dispersas. La Asociación Cultural y Recreativa «Renacer de las Tradiciones de Póvoa», fundada en 1997 por María del Cielo Miranda y tres vecinos, rescata cantos a la brasa, danzas tradicionales mirandesas y los mascarados del solsticio de invierno, figuras de harapos y cencerros que asustan y divierten por igual. En las procesiones aún se oye la lengua mirandesa entre los mayores: don Amadeo, con 87 años, se dirige a la imagen de la Virgen con «Bendita sêas, Nossa Sennora» —rasgos léxicos arcaicos que suenan a latín mal pulido, conservados en el ritmo pausado de las conversaciones de cafetería.
Al atardecer, cuando regresa el último rebaño y la campana de la iglesia toca las avemarías, Póvoa se repliega sobre sí misma. Queda el olor a leña quemada, el frío seco que baja de las arribas y el eco de los cencerros que resuena aún en los muros de piedra.