Artículo completo sobre Sendim y Atenor: brasa de vaca mirandesa en la raia seca
Entre pizarras y robles achaparrados, el altiplano sabe a chuleta y vino de frontera.
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El viento corre suelto por los prados de Sendim. No hay tapia que lo detenga ni arbolado que lo amorte: solo pizarra desnuda, robles achaparrados y la ondulación sin fin del altiplano mirandés, a 689 metros sobre el nivel del mar. Al fondo, donde la tierra se abre, se adivina la hendidura del Douro Internacional, cañón de granito y agua que marca la frontera con España desde el Tratado de Alcañices, firmado hace más de siete siglos. Aquí, en la raia seca, el paisaje respira amplitud y silencio: 1.240 vecinos repartidos en casi seis mil hectáreas donde el tiempo se mide al paso de las vacas mirandesas en el pastoreo extensivo.
Tierra de frontera, tierra de ganado
La unión administrativa de Sendim y Atenor, consumada en 2013, agrupa dos aldeas de toponimia medieval —Sendim, probablemente derivado del antropónimo Sendinus, y Atenor, del latín Ad Tene, alusión a una antigua propiedad o accidente geográfico—. La historia de estas tierras osciló entre dominio leonés y portugués hasta que Alfonso Enriques consolidó la presencia lusa en el Alto Trás-os-Montes, otorgando fuero a Bragança en 1187. Pero es la geografía, más que la historia escrita, la que moldea la vida: altiplano pizarroso, vientos invernales cortantes, veranos de calor seco y una economía asentada en el vacuno de raza Mirandesa, cuya carne conquistó la Denominación de Origen Protegida en 1997 y se ha convertido en emblema gastronómico de la región.
Carne, jamón y vino del altiplano
En el único restaurante de Sendim, la Carne Mirandesa huele a brasa antes de llegar a la mesa. Se sirve en chuletas de dos dedos de grosor, veteadas, con grasa blanca que chisporrotea. La patata es de lo poco que crece bien aquí, asada en horno de leña con piel y todo. El vino tinto llega de Vimioso o de Miranda mismo —uvas de altitud, donde la noche refresca incluso en agosto—. El Cordero Mirandés y el Canhono —lechazo— también ostentan DOP, presentes en estofados en los que el pimentón es del Gerês y el ajo, de Trás-os-Montes. El Presunto de Vinhais IGP, curado dieciocho meses en el ahumadero de roble, se corta en lonchas finas en el Café Central, donde don Antonio sigue manejando la máquina de 1972. El pan de millo se compra en Vinhais: traído al amanecer, denso, con corteza que cruje.
En el corazón del Parque Natural
Gran parte del territorio está incluido en la zona de amortiguación del Parque Natural del Douro Internacional, creado en 1998. Desde el mirador de Sendim, construido en 2004 con fondos comunitarios, la mirada desciende 400 metros hasta el Douro. Los buitres leonados anidan en los riscos de granito: se contaron doce parejas en 2023. Los senderos que unen Sendim y Atenor fueron señalizados por el proyecto ADIBER en 2019: ocho kilómetros entre muros de pizarra, castañares centenarios y pastizales donde el silencio solo se rompe con el lejano sonar de un cencerro. La ruta del Pego Negro lleva hasta la cascada donde, cuentan, las mujeres lavaban la ropa hasta los años sesenta.
Romerías y devoción compartida
La Fiesta de la Santísima Trinidad se celebra el domingo de Pentecostés: procesiona desde 1743, cuando el párroco João de Sousa mandó erigir el altar mayor. La banda de música viene de Mogadouro y toca marchas de Santo António y de Nuestra Señora de la Luz. La Festa de Santa Bárbara, el 4 de diciembre, reúne a los pocos mineros que quedan —eran doscientos cuando cerró la mina de tungsteno de Rio de Frades en 1982—. En las iglesias de piedra, el eco de los cánticos se multiplica en las paredes encaladas, mientras afuera el sol de verano calienta el atrio donde se sirven caldo de harina y sardinas a la brasa.
Observar el vacío
Caminar por Sendim y Atenor es habitar un territorio donde la mirada se pierde sin obstáculos, donde el horizonte es línea nítida y el cielo ocupa más que la tierra. Es oír el viento en los prados, sentir el frío húmedo de la mañana que sube de las riberas, ver la luz rasante del atardecer dorar la pizarra. Al caer el día, cuando las vacas mirandesas regresan despacio al establo —450 en la parroquia, según el censo agrario de 2023—, el único sonido es el crujido de las puertas de madera y, a lo lejos, la campana de la iglesia que toca las avemarías. El café cierra a las ocho, la panadería a las tres, y solo la gasolinera de Atenor permanece abierta hasta las diez, luz blanca en un territorio que se queda a oscuras a las nueve y media de enero.