Artículo completo sobre Barcel, Marmelos y Valverde: fiesta de cencerros en enero
Sigue el humo de las chimeneas hasta la aldea donde el Carnaval serraba un tronco de alcornoque
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La campana de la iglesia golpea tres veces en el aire gélido de la mañana. En el atrio, un grupo de hombres charra junto al muro de pizarra, las manos metidas en los bolsillos de los abrigos gruesos, el aliento dibujando pequeñas nubes. Al fondo, entre olivares que bajan la ladera, el humo de una chimenea sube recto hasta deshacerse en el cielo de enero. Es día de fiesta en honor a Santo Estevo, y los chicos de la parroquia se preparan para el ritual que los une desde pequeños.
La Unión de las parroquias de Barcel, Marmelos y Valverde da Gestosa nació en 2013 de la fusión administrativa de tres aldeas antiguas del municipio de Mirandela. Trescientos veinte habitantes se reparten casi cinco mil hectáreas de tierra tras monte, un territorio donde los olivares alternan con pequeñas huertas amuralladas y bosques de robles. La densidad poblacional —seis personas por kilómetro cuadrado— se traduce en silencios anchos, en caminos de tierra batida donde solo se oye el viento y, de vez en cuando, el ladrido lejano de un perro.
Calendario de rituales
La Festa dos Rapazes en honor a Santo Estevo marca el cénit del invierno. Durante días, los más jóvenes recorren las calles con máscaras de cartón y cuero, cencerros atados a las canillas, en una celebración que se remonta al siglo XVIII. Las mesas se llenan de alheira de Mirandela, de chouriça ahumada en los tuyos de las casas, de jamón cortado a cuchillo. El aceite de Trás-os-Montes, dorado y espeso, lo adereba todo. Más tarde, en Carnaval, llega el Serrar a Velha —ritual agrícola que celebra el fin del ciclo viejo y la preparación de la tierra nueva. Nadie recuerda cuándo empezó, pero todos saben que el “viejo” es un tronco de alcornoque que debe ser serrado por dos equipos de hombres. En esas ocasiones, la parroquia se multiplica: los que se fueron regresan, las casas cerradas se abren, el pan se cuece en los hornos comunitarios de Valverde que aún hoy calientan una semana sí y otra no.
Despensa tras monte
La gastronomía aquí no es adorno —es identidad. El queso terrincho DOP, hecho con leche de oveja de la raza churra da terra quente, tiene una acidez que corta limpia en la boca. El cabrito tras monte DOP se asa lentamente en el horno de leña, la piel cruje, la carne se deshace. En las bodegas, hay quien guarda aceituna negrinha de Freixo en conserva DOP, pequeñas esferas negras y brillantes que saben a sal y a hierba aromática. La castaña da Terra Fria DOP, asada o cocida, acompaña las noches largas de conversación. Y la miel da Terra Quente DOP, ámbar oscuro, espesa como jarabe, endulza el pan casero en el desayuno.
La altitud moderada —unos cuatrocientos metros— permite que la viña también crezca. Aquí se planta la tradicional rabo de oveja, uva que da vino tinto para la mesa y aguardiente para las fiestas. Las viñas se asientan en los bancales más bajos, protegidas de los vientos de levante que bajan del altiplano de Santa Marta.
La espesura del lugar
Caminar por estas aldeas es atravesar capas de tiempo. Las topónimas medievales persisten: el Lameiro da Bouça, el Cabeço do Sino, la Fonte da Vaca. No hay monumentos señalados, pero hay muros de piedra seca que el abuelo de Mário Cardoso tardó diez veranos en alzar, eras donde aún se bate el centeno en el Lombo do Pão, cruces de granito ennegrecidas por la lluvia. En Marmelos, la capilla de São Sebastião guarda azulejos del siglo XVIII que sobrevivieron al incendio de 1926. El paisaje se organiza en bancales construidos desde la época de los frailes de Castro, en pequeños valles donde corre agua en invierno, en laderas expuestas al sol donde los olivares centenarios aún producen aceituna.
Al atardecer, cuando la luz rasante pinta de naranja las fachadas encaladas, el olor a leña de roble invade las calles. Alguien cierra la puerta del corral, otro recoge las gallinas. La campana vuelve a tocar —no para llamar, solo para marcar. Y queda en el aire, entre las casas, el eco metálico que tarda en extinguirse.