Artículo completo sobre Torre de Dona Chama: aceite y granito vivos
Villa medieval de Bragança donde el oro del olivo cubre picotas y retablos del XVIII
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El aroma del aceite nuevo rezuma por la calle Dr. José António Marques en una mañana de enero. Dentro de la almazara cooperativa, la prensa hidráulica ha sustituido a la antigua de piedra, pero el resultado es idéntico: el hilo verde-dorado cae sobre el pan caliente de la panadería Visconde. Las manos del molinero Mário están teñidas de orujo negro, el calor se extiende por la sala de granito donde en 1958 se molieron 250 toneladas de aceituna. Afuera, la campana de la iglesia parroquial da las nueve —la misma que el ayuntamiento compró en 1894 por 125 000 reales— y el sonido rebota contra las fachadas encaladas que ocultan losas de 1512 grabadas con el escudo real.
Torre de Dona Chama no ha olvidado que fue villa con carta puebla, ayuntamiento y juez propio. El 20 de agosto de 1512, D. Manuel I le concedió el estatus que mantuvo hasta el 31 de diciembre de 1853, cuando fue anexionada a Mirandela tras las protestas de sus 400 habitantes. El picota sigue ahí, clavado en el granito, con una nuez esculpida en la base que Antonio Rosa, 87 años, toca cada mañana «porque mi madre decía que da suerte». La identidad de Dona Chama —noble medieval que habitó la torre de António Martins— se perdió en los 476 expedientes del registro quemado en 1890, pero el topónimo se agarró al paisaje como el musgo a la piedra.
El granito y el oro de los retablos
La iglesia parroquial de Santa María se alza imponente, reconstruida entre 1695 y 1720 sobre los cimientos del templo de 1285. En su interior, el retablo mayor de 1734, tallado por José Fernandes de Macedo, contrasta con la luz cruda que entra por ventanas estrechas. La imagen de Nuestra Señora de la Asunción —comprada en 1742 por 12 500 reales— aguarda la procesión del 15 de agosto, cuando sale a hombros de doce hombres seguida por la Banda de Música de 1867, casetas en la Plaza 5 de Outubro y humo de alheira a la brasa. Por las calles empedradas, catorce cruces de granito marcan el trazado medieval; la del Corgo da Serra, de 1642, aún muestra la inscripción «ESTA É A VERDADEIRA FE».
Feria de jueves y embutido al fuego
Los jueves, la feria ocupa 3 500 m² de la plaza. El tractor de Joaquim, del 72, abastece la tasca donde se sirven 200 alheiras diarias. La alheira de Mirandela —IGP desde 1997, ahumada 30 días sobre leña de olivo— se tuesta en las parrillas de Zé Manel, estalla a 200 grados, suelta grasa que cae sobre el pan de pueblo de la panadería Central. En los meses fríos, los hornos de leña del restaurante O Tua asan 50 corderos terrincho cada fin de semana; la carne se desmenuza caliente, acompañada por caldo de castaña de la Sierra de Bornes que cuesta 3,50 € y calienta manos y pecho.
Sendero al atardecer
El paisaje ondula entre los 250 metros del Corgo da Serra y los 450 de la Quinta do Paço. Cuarenta y cinco hectáreas de olivares centenarios —algunos plantados en 1850— se alternan con doce de viñedos y huertos de naranja Valencia que, en abril, perfuman el aire con 28 kg de néctar diarios. El río Tua serpentea al sur, escondido entre orillas de chopos y sauces, alimentando la acequia del molino de Pereira, abandonado desde 1963. El sendero de la Sierra de Dona Chama —PR1 MIR, 3,2 km de tierra batida y pizarra suelta— sube despacio. Al atardecer, la luz rasante de las 19.30 incendia los olivares, convierte cada hoja en un fragmento de oro mate. Arriba, el viento trae olor a jara y romero, y los mirlos saltan entre las matas de madroño que producen 800 kg de fruto por hectárea. A lo lejos, un águila ratonera dibuja círculos lentos sobre el valle donde anida desde 1987.
Enero canta a la puerta
En enero, las Janeiras resuenan de puerta en puerta, voces graves que piden vino caliente y chorizo de cinco euros. El domingo de Pascua, el folar se parte en mesas comunitarias del pabellón municipal, pan dulce relleno con ocho huevos cocidos que se ofrece y reparte sin ceremonia. Agosto trae la romería del 14 al 16, misa campestre en el recinto de 2 000 m², verbena que dura hasta las 4 de la madrugada cuando el señor Albano cierra el café Central. Y al final de la noche, cuando se callan las concertinas y el humo de las brasas se disipa, queda el silencio denso de la sierra, el murmullo lejano del Tua a cincuenta metros y el olor a leña que aún flota, pegado a las piedras de 1512 como una promesa que nadie necesita pronunciar.