Artículo completo sobre Vale de Asnes: humo, alheira y silencio
En esta aldea de Bragança el invierno huele a leña, la fiesta espanta al frío y el queso pica
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El humo que no quiere ser invierno
El humo sale recto de las chimeneas, como si también él tuviera prisa por huir del frío. En Vale de Asnes, a 410 metros de altitud, enero no perdona: la leña cruje en las cocinas y el único ruido que se escucha es el del silencio. Dicen que aquí viven 210 almas, pero en realidad son 77 ancianos, 16 críos y un montón de casas que parecen estar haciendo la siesta.
El día de San Esteban, el 26 de diciembre, la aldea cambia de cara. Bajan los chicos con sus máscaras de madera, al son de cencerros que hasta asustan a los perros. Es la Fiesta de los Chicos: no está hecha para turistas, sino para que los de aquí recuerden que aún saben hacer ruido. Cuando llega el carnaval, vuelven a «serrar a la Vieja». Dicen que es para espantar al invierno, pero yo creo que es para reírse de sus morritos.
En la despensa de cada casa hay un trozo de todo esto: alheira de Mirandela engordando en el plato, jamón curándose en la ahumadora, chorizo de carne que da pena cortar. No es gastronomía: es comida. Aceite verde que se escurre por los bordes, castañas que aún huelen al domingo en la plaza, queso Terrincho que cosquillea la lengua. Nombres difíciles, pero al fondo es lo que ponía la abuela cuando venía visita.
Al caer la tarde, cuando la luz se pone tras las sierras, es cuando se entiende el tamaño de esto. No es grande, no es pequeño: está justo ahí. El suelo cruje bajo los pies, el humo de roble se te pega a la ropa y las mantas pesan sobre los hombros como promesas de invierno. Quien venga buscando espectáculo se lleva una decepción. Quien venga a parar cinco minutos, se queda toda la vida.