Artículo completo sobre Vale de Gouvinhas: chorizo que cura el tiempo
Pueblo de 234 vecinos donde el jamón cuelga junto a la lavadora y octubre sabe a castaña y rapa
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El humo sale del chorizo a fuego lento, como si el tiempo sobrara. Es un olor que me devuelve al abuelo: roble quemado y panceta que se cura. En Vale de Gouvinhas hay 234 vecinos, pero yo diría que hay 234 maneras distintas de decir “buenos días” sin parecer forastero.
Qué se come (y cuándo)
Ven en octubre. Habrá castañas escaldadas en el fuego y aroma a rapa —el aguardiente caliente que la vecina mezcla con vino de la casa. La alheira es de Mirandela, sí, pero aquí no la sirven sobre un plato decorativo. Va a la fuente con patatas en rosca, regadas con aceite que José Manel vende en garrafas de cinco litros. “Es lo que dice mi mujer —explica—: si no es para llevar a casa, no merece la pena”.
El jamón cura en la bodega, colgado junto a la lavadora. Es IGP, según los papeles, pero para nosotros sigue siendo “el cerdo de Antonio” —degollado en enero, probado en agosto. Si quiere llevarse uno, espere. Antonio vende cuando está listo, no cuando aparece el cliente.
Días que aún existen
El día de Santo Estêvão, los chicos bajan desde Vilar de Nantes con máscaras de madera que el tío carbonero va tallando durante el año. Parecen todos el mismo crío de 1978, solo que ahora guardan el móvil en el bolsillo. Aun así, sacuden los sonajeros como quien pretende despertar a la aldea entera —y lo consiguen, porque Cidália ya ha puesto el café en la cazuela.
Después, hacia marzo, cortan a Velha: un muñeco de paja que arden en medio de la plaza y nadie mira las cámaras de los teléfonos. Sirve para que el invierno se marche de una vez. Más o menos funciona.
Cómo llegar y qué no esperar
Se va por la N312 después de pasar Mirandela. Cuando vea la cancela roja del señor Silva, gire a la izquierda. No hay nada allí, pero es la señal que aprendí de mi padre. Hay una casa para dormir: la de Joaquim, tres habitaciones y un gato llamado Piloto. No tiene televisión, pero sí una terraza donde fumar tranquilamente.
No espere souvenir. No hay. Espere, mejor, que Barriga le ofrezca un aguardiente “solo para abrir el apetito”, aunque sea lunes. Y si le dicen que el restaurante cierra a las diez, no se lo crea: cierra cuando el último se levanta de la mesa.
La campana toca al mediodía, pero es solo Avelino comprobando si aún funciona. El humo sube, allá lejos, de una casa que ya no sé de quién es. Vale de Gouvinhas sigue ahí: no se vende, no se promociona, solo se vive. Y, a veces, si uno tiene suerte, le deja vivir a uno también.