Artículo completo sobre Brunhoso: el silencio que huele a jamón y encina
En la aldea de 52 almas sobre el Duero, la vida se mide en rebaños y fiestas
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El granito arde bajo el sol de la tarde. A 659 metros de altitud, el aire flota denso entre las casas de Brunhoso, cargado del humo de la encina que arde en los fogones y del silencio de quien pasa la tarde en la puerta. De sus 52 vecinos, pocos tienen la luz encendida a la vez. Más allá, tras los campos de centeno que Antonio aún siembra en curvas de nivel, el Duero Internacional se dibuja como una herida abierta en el horizonte: los riscos que se avistan desde la carretera comarcal 528, la misma que sube desde Mogadouro y termina en la aldea abandonada de Mazouro.
Donde aún pasan los rebaños
A las seis de la mañana, Rui abre la puerta del corral y las ovejas Terrincho bajan en nube por las calles de losas. El sonido de las cencerros se mezcla con el ladrido del perro de Adelino, al otro lado del valle. En la ahumada de doña Albertina, el jamón que empezó en enero ya ha perdido el agua de los primeros días: va de vez en cuando, huele el aire que sale por debajo de la teja, decide si es hora de darle otra capa de pimentón. En el armario de la cocina, el queso Terrincho que su hijo trajo de Vila Flor espera su turno, enrollado en un paño de lino que aún conserva las iniciales bordadas de la abuela.
Cuando la iglesia se llena
El 26 de julio, Nossa Senhora do Caminho, la única fiesta que aún arrastra gente de fuera. Los hijos que se marcharon a Lisboa o a Francia vuelven con los nietos que no hablan portugués. La mujer del bar prepara café de saco antes de las siete, y las hijas ayudan a servir bifanas y caldo verde al mediodía. Por la tarde bajan tunas desde Bragança y suben ranchos desde Miranda; pero el momento que todos esperan es cuando el padre Fernando, que ya no tiene edad para subir los escalones del altar sin temblar, decide que es hora de sacar a la Virgen a la calle. Entonces, las mujeres que aún saben el camino de la procesión lo hacen en silencio, al mismo compás que sus madres, llevando los mantones de encaje que permanecen cerrados el resto del año en un baúl de pino.
El desfiladero que se siente
Quien se acerque hasta Miranda, por el camino de tierra que empieza detrás de la última casa, tarda una hora en llegar al mirador. Abajo, el río parece una cinta verde oscura entre dos paredes de granito. Allí iba Jorge, cuando era crío, a coger galápagos con su padre; hoy dice que ya no quedan, que el viento cambió, que las águillas calzadas que anidaban en la grieta de la Pedra do Abutre se marcharon cuando empezaron a pasar trenes de mercancías al otro lado de la frontera. Aun así, si te quedas hasta el final de la tarde, puede que veas un buitre leonado planear. O puede que no. Pero el silencio, ese siempre está ahí, apretujado entre las piedras.
Los almendros que aún florecen
De los 212 habitantes que cuenta el registro civil, 17 tienen menos de 25 años. Laura, con 19, es la más joven: se fue a Oporto a estudiar enfermería, pero vuelve los fines de semana a ayudar a su madre en la huerta. Dice que regresa de madrugada en autocar, que duerme el viaje, que despierta cuando el conductor enciende las luces largas en la curva antes de la Cancela. La única casa que recibe extraños está en el lugar de Outeira: es la antigua casa del guardabosques, que el Neto do Fundão compró hace tres años y pintó de blanco. Tiene agua caliente y wifi, pero lo que más comentan los huéspedes en los libros de visitas es el silencio. El mismo que Laura oye cuando baja a la aldea a las seis de la mañana, el mismo que doña Albertina guarda al cerrar la puerta de la ahumada, el mismo que Rui se lleva consigo cuando sube con el rebaño a las machocas donde los almendros florecen antes que en ninguna parte.