Artículo completo sobre Penas Roias: la alondra sobre el granito de Trás-os-Montes
Murallas templarias, pinturas rupestres y altiplano donde el viento huele a romero
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El viento corre suelto sobre el altiplano, levantando el polvo ocre del camino que sube hasta las murallas. Arriba, la torre del homenaje se recorta contra el cielo ancho de Trás-os-Montes, granito que el sol de la tarde calienta lentamente. A los pies del Castillo de Penas Roias, levantado en 1166 por orden de Alfonso Enríquez, el silencio acumula siglos —solo roto por el canto lejano de una alondra y el chirrido de una verja oxidada en un corral abandonado. Aquí, a 748 metros de altitud, el aire tiene esa sequedad límpida que acorta las distancias.
Ala de halcón sobre la frontera
El nombre viene del latín Penna Rostrata, ala de halcón, y el relieve lo justifica: crestas rocosas que se extienden como dedos sobre el valle del arroyo de Bastelos. Fue villa y cabeza de municipio hasta principios del XIX, donada por Sancho I a los Templarios y refundada en los fueros de Alfonso III y Manuel I. Del antiguo picota en forma de jaula apenas quedan fragmentos, pero su memoria administrativa persiste en las capillas rurales —Misericordia, Nuestra Señora de los Dolores, Santa Cruz— que salpican los caminos entre Penas Roias y O Variz. La Fraga da Letra guarda pinturas rupestres, trazos con tinta vegetal que el tiempo casi borró, testigo mudo de quienes pasaron mucho antes que reyes y órdenes religiosas.
Cuando el tren pitaba
Aún hay quien recuerda la Línea del Sabor, inaugurada en 1938, que unía Pocinho con Miranda do Douro y tenía estación en O Variz. El silbato de la locomotora resonaba en el valle hasta 1988, cuando se cerró el trazado. Hoy los raíles han desaparecido, pero los senderos de senderismo y BTT señalizados en Wikiloc siguen otros derroteros —por la Sierra de O Variz o la de Santiago, que alcanza los 970 metros, y por los prados húmedos donde pacen rebaños de oveja Terrincho. El Parque Natural del Douro Internacional se extiende hacia el oeste, territorio de águilas reales y halcones peregrinos que se ciernen sobre los desfiladeros.
Mesa que sabe a altiplano
En la cocina transmontana de Penas Roias, la chanfana cuece a fuego lento: trozos de cabrito Transmontano DOP sumergidos en vino tinto robusto de la región. El aceite de Trás-os-Montes DOP chorrea dorado sobre pan casero, acompañado de queso Terrincho DOP curado en cuevas de pizarra. En las mesas de las romerías —San Juan el 24 de junio, Santa Catalina en agosto, Santa Eufemia el último domingo de septiembre— se sirven alheiras a la brasa, estofado de cordero, feijoadas donde flotan lonchas de jamón de Vinhais IGP. La miel de Terra Quente DOP endulza el bizcocho conventual, y el pastel de nueces cierra la comida con la textura densa de los frutos secos recolectados en los castañares cercanos.
Agua fría, piedra caliente
El embalse de Bastelos alimenta la playa fluvial donde, en pleno verano, el agua refleja el verde de los sauces y el gris del granito de las orillas. El merendero conserva un antiguo molino, rueda detenida desde hace décadas, y mesas de madera donde las familias tienden los manteles los domingos. Desde el castillo se divisan las fortalezas vecinas de Mogadouro, Algoso y Outeiro —centinelas de piedra que dialogan a través de los kilómetros vacíos.
Al atardecer, cuando las golondrinas surcan el cielo sobre la torre del homenaje y el olor a leña de roble sube por las chimeneas, Penas Roias revela su ritmo: no es el tiempo que se mide, sino el que se respira —denso, mineral, antiguo como la pizarra que aflora en los senderos.