Artículo completo sobre Peredo da Bemposta: la cascada que calla
La Faia da Água Alta, salto más alto del país, se esconde tras la aldea trasmontana
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El sonido del agua es lo primero que se oye al bajar la escalera de piedra. No es un murmullo: es un estruendo sordo que sube del fondo del valle, amortiguado por la distancia y por las fragas de pizarra que lo resguardan. Peredo da Bemposta se asienta en el altiplano a 602 metros, pero su alma se esconde sesenta metros más abajo, en una cascada que cae en plomo entre carrascas y peñascos: la Faia da Água Alta, el mayor salto de agua de Portugal continental. Pocos lo saben. La aldea, con sus 185 vecinos, no lo pregonan.
El picuejo al revés
En la placita junto a la escuela, el picuejo de Peredo se alza en granito gris, fuste cilíndrico rematado por capitel de cuatro brazos y piña cónica. Las armas de Portugal están grabadas del revés. La tradición cuenta que fue maniobra de un juez forastero, gesto de desafío al poder central. Verdad o leyenda, la columna permanece: testigo del foro otorgado por D. Manuel I en 1514, piedra que vio mercados, castigos y gentes que ya no regresan. La Capilla del Santo Cristo, manuelina del siglo XVI, domina el caserío con su fachada encalada, puerta de arco perfecto y campana que aún da la hora, marcando un tiempo que aquí se mide de otro modo.
Bajar al cañón
El sendero de la Faia da Água Alta parte de la escuela, baja por el camino de San Antonio y se sumerge en el valle del arroyo de Bemposta. Son siete kilómetros que cruzan puentes de madera, antiguos cebaderos de lobos en ruina y matorral de carqueja donde el silencio solo se rompe con el reclamo del búho real al atardecer. La cascada aparece de golpe: sesenta metros de agua que se despeñan en cortina blanca, enmarcada por riscos oscuros y musgo verde. El frío húmedo sube del fondo, incluso en agosto. Hay que remontar despacio, paso a paso, hasta el mirador natural donde se divisa el cañón del Duero Internacional. Buitres leonados planeán en círculos pausados, aprovechando las térmicas. La vuelta se hace por la calzada histórica de Bemposta, corredor de contrabando durante la dictadura, cuando aceite y vino cruzaban la frontera escondidos en la oscuridad de los valles.
A mesa tras montes
En el único café-restaurante del pueblo —el Café Central, abierto en 1987 por la familia Martins— sirven estofado de cordero Terrincho DOP, carne cocida despacio en cazuela de barro con patatas y cebolla durante tres horas. El cabrito Transmontano DOP se asa en horno de leña, piel crujiente y carne que se deshace al toque del tenedor. Las migas de espárragos trigueros con panceta ahumada llegan a la mesa calientes, regadas con aceite de Trás-os-Montes DOP de la cooperativa de Valpaços que brilla dorado a la luz de la candela. El vino tinto, variedad Bastardo de cepas viejas plantadas en 1942 en bancales de pizarra, calienta la garganta. Al final, rosquillas de canela y miel de la Terra Quente DOP, dulzón que se pega a los dedos.
El peso del silencio
Cuando el sol cae y la última luz rasga los olivares centenarios —plantados muchos tras la construcción de la presa de Miranda en 1955— Peredo se recoge. Las puertas se cierran despacio, el humo asciende por las chimeneas, el frío nocturno del altiplano se instala. Al fondo del valle, la cascada sigue cayendo, invisible pero presente, estruendo constante que atraviesa la oscuridad. Ese sonido —agua golpeando roca desde hace milenios— es lo que se queda en la memoria, más que cualquier imagen.