Artículo completo sobre Remondes y Soutelo: cruceiros, alheiras y playas fluviales
En Mogadouro, la fe, el sabor y el río Sabor se funden en dos aldeias que saben a Terrincho
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El murmullo del agua en las dos pilas del cruceiro llega antes que la imagen. En Remondes, el cruceiro no es solo una cruz de piedra: es el lugar donde aún se llena el cántaro, donde se charla al atardecer, donde la losa pulida por el uso sigue en servicio. Está ahí, en la plaza, ejerciendo dos oficios sin darse importancia: bendice y apaga la sed. Nadie le da las gracias, pero todos beben.
Cuando la fe construye puentes
El puente de Cinco Arcos se tiende sobre el valle como quien estira la pierna en el sofá. Lo mandaron levantar los Távora, en una época en que el apellido pesaba más que el hábito. Los cinco arcos siguen ahí, tercos, llevando de una orilla a otra ovejas, tractores, romeros y turistas que se paran a mitad de camino para la selfie. Al otro lado, el Sabor forma unas playas de arena fina donde, en agosto, se extiende la toalla y se finge que estamos en el Algarve.
En Soutelo, el Santuario de Nuestra Señora del Alivio brotó de golpe en 1798, tras curarse un párroco de una dolencia que ni el médico de Bragança lograba diagnosticar. Hoy acumula más exvotos que vecinos en la parroquia. A principios de septiembre sube gente de la zona y de fuera: se oye misa, se devora un buen churrasco y se vuelve a casa con la promesa de repetir el año que viene —si Dios quiere, claro.
El sabor de la tierra
Aquí la cocina no necesita trucos. Las alheiras se secan en el ahumadero, el bulbó se tiñe de pimentón, las longanizas maduran al ritmo de los días. En la mesa, el cordero Terrincho y el cabrito transmontano llegan dorados, con patatas que han bebido toda la grasa. El aceite chorrea sobre el pan, el queso Terrincho cierra el festín con esa acidez que solo quien sabe, sabe hacer. Y mientras se habla, se pica una aceituna de salmuera casera —las que María de la Panadería prepara desde que tiene memoria.
Entre olivares y almendros
El paisaje es un colcha de pizarra y verde: olivos que ya estaban antes que nuestros abuelos y almendros que, en marzo, parecen bollos de arroz esparcidos por la ladera. Las capillas —Santa Sinforosa, Santo Antón, San Bartolomé— abren de vez en cuando para la fiesta: suena la campana, se come cordero, se bebe vino y listo. El Douro Internacional queda al lado, así que es normal ver buitres dibujando círculos, y el silencio solo lo rompe el viento.
La fuente de lavar de Soutelo sigue soltando agua fría como si el siglo XVIII fuera ayer. Aún hay quien lava allí la ropa, quien llena la botella para llevar al campo, quien se refresca la frente tras subir la cuesta con el tractor. Ese murmullo, al fin, es lo que une los dos pueblos: el agua que corre, que trabaja y que nunca pide descanso.