Artículo completo sobre Vilarinho dos Galegos: bruma, cencerros y ausencia
Pueblo de Mogadouro donde el silencio huele a leña y el 80 % de sus hijos vive en Europa
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El sonido que llega antes que el silencio
El metal de los cencerros tintinea primero, lejano en la ladera; después el viento que barre el altiplano y hace crujir los balcones de madera. En Vilarinho dos Galegos el silencio tiene textura: denso como la bruma que se amontona al amanecer en el valle del Maçãs, donde las águilas reales trazan círculos amplios sobre el pizarra oscuro. El pueblo despierta despacio, si es que alguna vez llegó a dormir del todo. En los muros de granito, las rendijas de las contraventanas dejan escapar el olor a leña de roble que alimenta los fogones de la sala.
Geografía de los ausentes
Vilarinho dos Galegos lleva el nombre de quienes llegaron —gallegos medievales que cruzaron la frontera y echaron raíces en el siglo XIII— y la huella de quienes se marcharon. El ochenta por ciento de los nacidos aquí vive hoy en Francia, Suiza o Luxemburgo. Vuelven en agosto, cuando las calles se llenan de matrículas extranjeras y voces que mezclan acentos. El resto del año, 357 personas mantienen las casas calientes, los campos labrados, las fiestas vivas. Ventozelo —cuyo nombre latino evoca el viento que nunca cesa— dista ocho kilómetros; unidos administrativamente desde 2013, pero separados por una carretera comarcal que pasa junto al molino de Ventozelo, cerrado en 1957, y por el mirador de los Castelos, a 680 m, con vistas al Douro Internacional.
Piedra, agua, altitud
El puente medieval sobre el río Maçãs resiste en piedra irregular, cada bloque encajado sin argamasa, testimonio de una ingeniería que confiaba en el peso y el roce. Levantado antes de 1320, sirvió a la calzada real que unía Mogadouro con la Torre de Moncorvo. La iglesia parroquial de Vilarinho dos Galegos, con elementos barrocos del siglo XVIII, guarda un retablo dorado de 1743 y un panel de azulejos de 1787 con la vida de San Benito. En Ventozelo, la capilla de San Antonio, edificada en 1692, mantiene la rusticidad de quien nunca quiso impresionar, solo abrigar: altar de pizarra tallado por el maestro Mateus de Mogadouro en 1712. Entre ambos núcleos, a 654 m de altitud, se extienden robles y alcornoques centenarios —uno de ellos con ocho metros de perímetro, declarado Árbol de Interés Público en 1997— y manchas de esteva que perfuman el aire en los días calurosos.
Lo que se come, lo que se celebra
En el café O Cruzeiro, único establecimiento de la parroquia, que funciona como ultramarinos, centro social y punto de encuentro desde 1963, se sirven copas de tinto de la Cooperativa de Freixo de Espada à Cinta mientras se comenta la cosecha de las aceitunas. El cabrito Transmontano DOP se asa en hornos de leña, aliñado con romero de la sierra. Las papas de maiz humean en la cazuela de hierro, mezcladas con col y alubias. En las folaras —pan relleno de carne de cerdo—, el aceite de Trás-os-Montes DOP deja los dedos brillantes.
La Fiesta de Nuestra Señora del Camino, el primer domingo de septiembre, trae procesión desde 1897 y bodo popular con casetas montadas por la Asociación Cultural y Deportiva local. En Ventozelo, el 26 de julio, los «mandones» recorren las calles cantando versos improvisados, pidiendo limosna para Santa Ana, tradición documentada desde 1856. En Carnaval, el Entierro del Bacalao, iniciado en 1923, cierra las festividades con sátira política y carcajadas. Por la noche aún se baila el «chocalhar» al son de concertina y tamboril, los pies golpeando la tierra apisonada de la plaza.
Donde el viento guarda secretos
El Camino de los Burros, sendero de 4,5 km que une ambas aldeas, serpentea entre muros de pizarra levantados entre 1860 y 1920, donde el buitre negro anida en las grietas desde que la especie regresó a la comarca en 1998. En las aldeas abandonadas de Pena y Carvalhal, accesibles solo a pie, las casas sin tejado se llenan de brezo y silencio: Pena quedó deshabitada en 1972, Carvalhal en 1984. La granja pedagógica de Ventozelo ofrece queso Terrincho DOP con el sabor intenso de la Terra Quente, elaborado en la quesería familiar de Américo Mendes desde 1987. En el horizonte, la sierra de Mogadouro recorta el cielo, inmutable.
Al atardecer, cuando los cencerros vuelven a la ladera y las sombras se alargan sobre el granito, queda el crujido de los balcones de madera: un sonido que pertenece solo a este lugar, a esta altitud, a este viento que nunca descansa.