Artículo completo sobre Felgueiras y Maçores: almendros en piedra viva
En la Unión de Felgueiras y Maçores sobrevive la almendra IGP de Trás-os-Montes
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La luz del amanecer trepa lentamente hasta los 761 m de altitud, recortando almendros contra el cielo de Trás-os-Montes. El aire tiene la sequedad propia de la Terra Quente, pero al despuntar el día aún conserva un frescor que sube desde los valles. En las laderas, los muretes de piedra suelta parcelan un paisaje donde almendros y olivos no son solo cultivo: son arquitectura viva de un territorio modelado por la escasez y la obstinación.
Dos lugares, una misma geografía
Felgueiras y Maçores se fusionaron administrativamente en 2013, pero la unión viene de mucho antes: se tejió entre generaciones que compartieron los mismos suelos pizarrosos, las mismas cosechas, los mismos ciclos de sequía y abundancia. Son 3.893 ha donde residen 332 personas —cifra que resuena en el silencio de los caminos, en la distancia entre casas, en la amplitud del horizonte—. De ellas, 187 han superado los 65 años. La matemática es simple, pero encierra una realidad compleja: territorio de memoria larga y días que se ajustan al ritmo de las estaciones, no al de los calendarios urbanos.
En la aldea de Maçores, donde viven 97 personas, la escuela primaria cerró en 2009. En Felgueiras, con 235 habitantes, el café del centro ya no abre cada día: depende de la disponibilidad de Joaquim, 72 años, que aún baja al campo al alba.
El oro de la tierra
La almendra es aquí algo más que un fruto: es identidad. La Almendra Cubierta de Moncorvo IGP y la Almendra Duero DOP nacen en estas laderas, beneficiadas por la amplitud térmica y la exposición solar que da la altitud. En enero, cuando los almendros florecen antes que ningún otro árbol, los campos se tiñen de blanco y rosa —espectáculo visual que choca con el marrón desnudo de la tierra—.
«Esta almendra es distinta», me dijo el señor Albano en 2019, en su huerto junto a la EN221, «tiene más aceite porque aquí el verano es seco y el invierno riguroso». Tenía 84 años y aún subía los peldaños irregulares para recoger el fruto. Hoy ya no está, pero los 3 ha de almendros que plantó con su padre siguen produciendo.
Despensa transmontana
La lista de productos certificados que aquí tienen peso es larga: Borrego Terrincho DOP, Cabrito Transmontano DOP, Queso Terrincho DOP, Queso de Cabra Transmontano DOP, Miel de la Terra Quente DOP. Luego están los embutidos de Vinhais —chorizo, jamón, salchichón— que llegan a las mesas locales a través de redes de comercio tradicional.
En la quinta del señor Aníbal, en la Canada da Serra, aún se elabora queso Terrincho según el método que aprendió de su madre. Cada mañana, a las 6.30, ordeña las 18 ovejas que quedan. «Antes éramos 50 familias haciendo queso, ahora somos tres», me contó el pasado octubre mientras cortaba el cuajo con el cuchillo de madera que heredó.
Fiestas que resisten
La Fiesta de la Villa y del Concejo en honor a Nuestra Señora de la Asunción, el 15 de agosto, convierte la vacía Rua da Igreja en un pasillo de mesas improvisadas. Llega gente de Lyon, de Gennevilliers, de Esch-sur-Alzette —los emigrantes que partieron en los años 60 y 70 regresan con matrículas extranjeras y acentos que mezclan francés y transmontano—.
La procesión comienza a las 9.30, pero desde las 7 se huele el asado en el horno de la panadería, cerrada desde 1997 pero reactivada para estos días. Por la noche, en la plaza convertida en verbena, José Mário toca el acordeón con los mismos dedos que usó para recolectar aceituna durante cuarenta años.
La parroquia forma parte de la región clasificada por la UNESCO como Alto Douro Vinhateiro, aunque aquí la vid cede protagonismo al almendro. Pero la lógica es la misma: bancales tallados a mano, muros de pizarra apilados sin argamasa, trabajo acumulado de generaciones que convirtieron montaña en campo cultivable. Cuando el viento sopla de levante, trae el olor a tierra seca y a resina de pino —aroma que se queda en la ropa y en la memoria de quien camina aquí al caer la tarde—