Artículo completo sobre Lousa, el pueblo que sabe a almendra y aceite amargo
En la sierra de Torre de Moncorvo, Lousa guarda viñedos, cordero Terrincho y noches de ahumado
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La pizarra oscura de los bancales se ha cargado de sol todo el día y ahora devuelve el calor a plazos. Aquí, a 700 metros, el aire no es solo cálido: es seco, denso, el que hace que la camiseta se te pegue a la espalda y que la caña baje como si fuera agua bendita. Lousa tiene 287 vecinos, pero lo que importa es que en la taberna aún sirven cañas por cincuenta céntimos y que Antonio, que ya ha cumplido 83, sigue subiendo al huerto en el tractor… aunque solo tenga ojo izquierdo.
Entre el Douro y la sierra
Dicen que dependemos de Torre de Moncorvo, pero quien pise aquí sabe que manda el Douro. Los viñedos de la UNESCO quedan abajo; arriba se planta almendro, para la almendra que va a los turrones de Moncorvo, y olivo, para un aceite que mi madre define como «tan amargo que limpia el hígado».
¿Quiere probarlo? Pase el miércoles por la cooperativa —es el único día que abren la tienda— y lleve una botella vacía. Le llenan el depósito, le cobran dos euros menos que en el super y aún le desean felices fiestas.
Cocina de altura
La comida es la de siempre: lo que da la tierra. El cordero Terrincho sobra; váyase al Pasto, en la carretera de Vilarinho, y pida el guisado. Le traerán trozos de carne que se deshacen al mirarlos, patatitas de la última cosecha y un salmorejo que pide más pan del que usted tiene derecho.
Si es invierno, espere un día de niebla. Entonces se enciende el ahumado y el olor a chorizo asado hace milagros: saca al vecino que hacía meses que no se veía. Antonio —hay tres— asegura que el secreto es no apurar el fuego: «leña de viña y paciencia de santo», dice, con el cigarrillo en la boca a pesar de que el médico le ha echado la bronca.
Fiesta y devoción
Agosto es el único mes que engorda la aldea. Vuelven los hijos que se fueron, los nietos que solo hablan francés y hasta quien juró no pisar el pueblo. La misa de la Asunción es a las once, pero la cola para el asado empieza a las nueve en la plaza. Busque el puesto de doña Lurdes: son las bifanas de cuatro euros que borran la resaca del día anterior.
Ocupe mesa en la terraza —hay tres, cuatro si contamos la del bar—. Cuando suene el acordeón, levante el vaso: aquí hasta el forastero es medio conocido antes de que acabe la primera pieza.
Dónde dormir
Existe una casa rural —la Casa da Fonte— con piscina que parece de hotel pero es de un matrimonio de Lisboa que vino «por amor». Amor al pueblo, claro; todo el mundo sabe que fue amor a la vista de la sierra.
Si busca algo más barato, pregunte por Celeste. Tiene dos habitaciones, calefacción de leña y un gato llamado Patafú. Cuando le sirva el café en el desayuno, el animal se sentará a su lado como quien paga la cuenta: mándelo callar y déjese querer.
En Lousa nada cierra tarde: el bar a las ocho, la panadería solo por la mañana. Si le apetece caminar, suba hasta el crucero al caer el día: se ve todo el Douro y da tiempo de bajar antes de que oscurezca. Lleve la linterna del móvil: la farolas funcionan, pero el mes está al final y el ayuntamiento aún no ha cambiado las bombillas.