Artículo completo sobre Torre de Moncorvo: azahares y azulejos bajo el Sabor
Pasea entre almendros en flor y palacetes del XVIII en la capital del dulce trasmontano
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La luz de la mañana se cuela por la rejería manierista y dibuja sombras sobre la piedra pulida del suelo de la iglesia parroquial. Adentro, el silencio es denso, interrumpido solo por el crujido de la madera de los bancos del siglo XVIII y el eco lejano de pasos en el atrio. En las paredes, los paneles de azulejo azul cobalto cuentan historias bíblicas mientras el retablo dorado atrapa los rayos que atraviesan los ventanales altos. Aquí, en Torre de Moncorvo, el tiempo se acumula en capas de talla, granito y cal — desde el fuero de Dionis de Portugal en 1289 hasta el presente que fermenta en los lagares de las quintas cercanas.
La capital que nació del monte y el cuervo
El topónimo lo dice todo: Moncortus, monte del cuervo. La villa se alza sobre una cadena de montes que dominan el Sabor, un río que traza valles encajados entre arribes de pizarra. Durante siglos, esta posición elevada la convirtió en punto de articulación entre el Douro vinícola y las sierras del interior trasmontano. El picota manuelino —con el escudo real rodeado por una cadena— aún atestigua la autonomía municipal concedida hace más de siete siglos. En las calles estrechas del casco antiguo, los palacetes del siglo XVIII exhiben escalinatas de balaustrada y escudos de armas, mientras que las cruces de piedra marcan cruces y recuerdos de romerías antiguas.
Almendros que cubren montes y mesas
Torre de Moncorvo es la capital del almendro. En las laderas de pizarra, miles de almendros florecen en blanco y rosa entre febrero y marzo, transformando el paisaje en un mosaico perfumado. Las fábricas locales —algunas fundadas en 1952, una de las asociaciones más antiguas del país— transforman la almendra trasmontana en la almendra garrapiñada de Moncorvo IGP, dulce emblemático de azúcar caramelizado que se deshace entre los dedos y cruje entre los dientes. En el Centro de Interpretación de la Almendra, las demostraciones artesanales muestran el proceso secular: la selección manual, el baño de azúcar, el pulido lento en cazos de cobre. Se pueden probar variantes con miel de la Terra Quente DOP o aceite de Trás-os-Montes DOP, dos de los doce productos certificados que marcan la mesa moncorvense.
Sabor que baja entre pizarra y chourizo
El río Sabor discurre al sur, encajado entre orillas de pizarra oscura donde crecen estevas y carquejas. La ruta “Sabor entre Margens” recorre ocho kilómetros de curvas y bancales, pasando por olivares centenarios y viñedos que producen los tintos corpulentos del Douro DOP. En las tascas de la plaza del Toural, el cabrito asa lentamente en hornos de leña, liberando un humo aromático que se mezcla con el olor a romero y broa de calabaza caliente. La chuleta mirandesa a la plancha llega a la mesa con el borde tostado y el interior rosado, acompañada de chourizo de carne de Vinhais IGP y salpicón curado en ahumaderos de roble. En los días de fiesta —sobre todo en la semana del 15 de agosto, en honor a Nuestra Señora de la Asunción— las calles se llenan de procesiones, conciertos y subastas de dulces que animan las noches hasta tarde.
La piedra que viajó al metro
Existe una curiosidad subterránea que pocos conocen: durante la construcción del metro de Oporto, cientos de toneladas de pizarra moncorvense fueron transportadas para revestir los túneles de la estación de São Bento. La piedra oscura y laminada, extraída de las canteras locales, bajó hasta el subsuelo urbano, llevando consigo la textura y el color de las sierras trasmontanas. Aquí arriba, la misma pizarra cubre tejados, muros de bancal y caminos antiguos que unen Felgar —donde la Capilla de Nuestra Señora do Amparo recibe a romeros el primer domingo de mayo— con el casco histórico de la villa.
Al final de la tarde, las terrazas del Toural se llenan despacio. El vino tinto del Douro cae en la copa mientras el sol rasante incendia los almendros lejanos. Al fondo, la campana de la parroquial da las seis, y el sonido se propaga por los valles hasta perderse en el murmullo del Sabor. Queda el sabor a azúcar quemado en los labios y la certeza de que, aquí, la piedra y la almendra comparten la misma paciencia mineral.