Artículo completo sobre Freixiel: el pueblo que perdió el ayuntamiento
Un viaje a Vila Flor donde el pelourinho y la campana guardan la memoria de 527 vecinos
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El sonido llega antes que la imagen: la campana de la torre da tres golpes pausados —nunca más de tres, don Joaquín es hombre de método— y el eco rueda por los castañares como una bola de petanca. Es mediodía y el pelourinho ya calienta al sol, plantado allí como quien dice «fui de esto y aún así me olvidaron». Porque Freixiel llegó a tener fuero, ayuntamiento y todo, hasta 1836. Después le quitaron el municipio y le dejaron una plaza demasiado grande para los 527 vecinos que hoy resisten: número redondo, como quien redondeó la bajada.
Villa sin municipio, memoria intacta
La historia no está en los libros; está en el dintel de la antigua casa consistorial donde aún se lee «1867» y en el muro del huerto de Chico, hecho enterito de mármol —sí, mármol, aquí mismo, que antes había dinero para esas finezas—. El nombre viene del latín, dicen los entendidos; los mayores aseguran que viene de «fresno», que es lo mismo y se entiende enseguida. La encomienda de los hospitalarios pasó por aquí, luego se marchó como quien recoge el paraguas olvidado. Quedaron los escudos, quedó la leyenda de que un tal Noronha fue decapitado por traicionar a Juan IV y aún hay quien jura que se oyen pasos en la casa solariega donde durmió —hoy es la junta parroquial y allí duermen los papeles de la renta de inserción.
El calendario de las romerías
Agosto es mes completo. El día 15 romería de la Asunción: misa en el campo, antorchas de gasóleo porque las de aceite están caras, y luego bocadillos de lomo que doña Lourdes prepara desde las cuatro de la madrugada. El fin de semana siguiente es la fiesta de San Bartolomé: comida de cordero en el club, baile con orquesta Los Ángeles y el fuegos artificiales de José Mario que casi incendia el eucaliptal de enfrente —cada año se promete no repetir, cada año se repite. En septiembre se sube al Castañero: subasta de pasteles, vino de talha y una tanda de donativos que nunca alcanza para pagar la siega del atrio. En invierno, los Reyes de cartón tocan a las puertas, cantan a desgarrada y se llevan un euro y medio por casa: sirve para comprar pintura a las máscaras del año que viene.
La despensa trasmontana
Se cocina como si el diablo aguardase en el umbral: feijoada en la olla de hierro que dejó la abuela, migas con espárragos trasmontanos que se cortan de madrugada —cuanto más espinoso, más sabor— y el cordero Terrincho, que solo es Terrincho si el pasto va de aquí hasta Rabilhó. El embutido se balancea en el desván: chorizo de carne que la vecina cambia por un gallo, salpicón que el suegro envía desde Vinhais y el queso que se parte a puñados —nadie pierde el tiempo en lonchas finas. De postre, el bizcocho de doña Isaura que se desmoja con un trago de aguardiente; quien no tolera el aguardiente pide café, pero siempre de sobre, porque la cafetera del bar se estropeó en 2019 y nadie la arregla.
Recorrer el territorio
La caminata empieza en la plaza, pasa por la fuente donde la peña iba por agua antes de la canalización —aún hay quien asegura que «la de la fuente es más suave». Se sube por el carril de carros, entre muros de pizarra que Rui va remendando con piedra de río porque «el cemento es un chapucero». A cuatro kilómetros está el mirador: vista sobre el Tua, buitre leonado si hay suerte y un silencio tal que se oye rugir la tripa. Lleve provisiones, allí arriba no hay bar ni máquina de refrescos; hay un banco de madera donde morder el bocadillo de jamón y dejar las cáscaras de huevo en el suelo —los jabalís lo agradecen.
En la tasca, que a la vez es ultramarinos, papelería y punto de apuestas, el día termina cuando Aníbal dice: «cierro, señores». Se habla del precio de las ovejas, de la carretera que nadie asfalta y del chico que se fue a París y sigue allí, «ganando bien, pero comiendo mal». Fuera vuelve a sonar la campana —solo tres, don Joaquín es de fiar—. Y la plaza vuelve a sentirse grande, lista para mañana, cuando el sol caliente el mismo granito y la memoria que nadie le robó.