Artículo completo sobre Samões: valle de almendros y silencio en Trás-os-Montes
Entre granito y olivos, el pueblo guarda romerías, sardinas y 600 años de labranza
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El granito aflora entre los almendros secos, gris y áspero al tacto, reteniendo el calor de la tarde incluso cuando el sol ya se ha puesto tras las sierras. En Samões, a 547 metros de altitud, el valle de Vilariça se dibuja en bancales donde el almendro se alterna con el olivo, y el silencio solo se rompe por el ladrido lejano de un perro o el chirrido de una verja de hierro. Son 338 habitantes repartidos en más de trece kilómetros cuadrados de tierra apisonada, pizarra y cal — una densidad que permite que cada casa respire, que cada huerta tenga su propio ritmo.
Raíces medievales en un valle fértil
El origen de Samões se pierde en la bruma de la Edad Media, quizá anclado en una raíz celta o prerromana que nadie logra precisar con certeza. Lo que se sabe es que esta comunidad agrícola creció integrada en el término de Vila Flor, beneficiándose del foral manuelino de 1512 y compartiendo con la villa madre las mismas crisis demográficas, las mismas oleadas de emigración, el mismo apego a una tierra que se empeña en dar fruto. No hay monumentos grandiosos ni vestigios arqueológicos de primera fila — aquí la historia se escribe con continuidad, con gestos repetidos durante siglos: plantar, cosechar, ahumar, rezar.
El calendario de las romerías
Tres fechas marcan el año. La Fiesta de la Villa, en honor a San Bartolomé, trae ya a las ocho de la mañana el olor a café y aguardiente dentro del bar Polis, donde los hombres se reúnen antes de la procesión. Cuando pasa el cortejo, las mujeres sacan las sillas a la puerta, equilibran platos de sardinas en el alféizar y regañan a los nietos que corren descalzos entre los cohetes. En agosto, la Romería de Nuestra Señora de la Asunción llena el atrio de la iglesia con gente que ya no cabe dentro — los cánticos bajan por el pinar y se mezclan con el rumor de las cazuelas de caldeirada que hierven en la plaza. La del Castaño, el domingo de Pentecostés, obliga a subir la pista de tierra hasta el santuario. Arriba, el bizcocho aún caliente llega antes que las velas encendidas, y siempre hay un abuelo que cuenta cómo, en el 58, el altar se salvó del incendio.
Despensa trasmontana
En la tienda de la señora Rosinha se venden almendras aún con la piel tostada por el sol — son las que sobraron del lote del año pasado, porque las cooperativas solo las quieren enteras y sin mancha. El aceite nuevo llega en noviembre, color amarillo tostado, y cae despacio por el pico de la garrafa de cinco litros que se lleva bajo el brazo. En el granero del señor Joaquim, los embutidos ahumados cuelgan desde el día de San Martín: el jamón lleva tres dedos de grasa, la chouriça de carne huele a vino de la casa, y el salpicão —ése tiene que ir al torno, si no no corta en rodajas finas como manda la tradición. El queso Terrinho, con la corteza marcada a pizarra, sale sí un día y no al siguiente; depende de si la oveja ha decidido dar leche o si ha estado pastando en el monte donde la hierba es más amarga.
Donde el día se mide en gestos
Hay una sola casa rural — es la de la abuela de Céu, que tenía tres habitaciones vacías después de que los hijos se marcharan a Lyon. Quien duerme allí despierta con el gallo del vecino y el olor al pan que la vecina mete en el horno a las seis. Los 45 jóvenes que cuenta el INE son, en realidad, 28 — los demás están en la universidad y solo vienen en festivos. Los 105 mayores se conocen todos por el nombre de pila y por el apodo de la casa: la «Rosa del Porquerizo», el «Manuel del Redeiro», la «Ilda de la Fuente». A las cuatro de la tarde, cuando la campana de la iglesia toca el rosario, las puertas chirrian y las conversaciones se interrumpen: es la señal de que el día gira y toca volver a la lumbre.
Al atardecer, la luz rasante incendia los troncos retorcidos de los almendros y el granito de los umbrales se tiñe de cobre. El viento trae olor a tierra seca y a humo de leña, y se entiende que Samões no se explica — se respira, despacio, como quien reaprende lo esencial.