Artículo completo sobre Sampaio: el silencio que sabe a pan de millo
Pueblo sin escuela donde 137 vecinos marcan el tiempo entre olivos y chimeneas
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El humo sale torcido por la chimenea: el levante coge de frente la calle del Cimo. En Sampaio, donde la escuela cerró hace dieciséis años, el silencio de la mañana se rompe con el tractor de Adelino que arranca a las seis rumbo a los olivos de Cepeda. Ciento treinta y siete vecinos —en realidad ciento treinta y dos, porque doña Aurélia y su marido pasan el invierno en casa de su hija en Oporto— se reparten entre siete lugares que el mapa no distingue: El Bico, La Carvalha, Valle del Mauro, donde la última hija se casó en agosto y todo el pueblo comió sardinas en el patio de la iglesia.
La cuenta que sobra
Trece niños, sí, pero tres van al colegio en Vila Flor y los demás juegan a la goma junto al depósito donde Domingos lava el jeep. De los cincuenta y seis mayores, siete ya no salen de casa: la mujer de José del Pipo les lleva caldo de col y un trozo de pan de millo cada día. Las puertas cerradas no son tantas como parece: se abren por la mañana y se cierran por la tarde, cuando el sol da de lleno en la fachada y los parlamentos de la tele se mezclan con el zumbido de las abejas en el romero.
El olor que marca las estaciones
En junio, cuando los almendros ya han soltado la cáscara, el aire se endulza con las alqueiras que Joaquim lleva a la pastelería de Vila Flor. En noviembre domina la encina: el humo de las chimeneas se mezcla con el olor a cerdo que se sacrifica en la era de Celestino, donde cuatro hombres cenan callos y beben aguardiente con café. El aceite de este año —ciento ochenta litros del olivar al otro lado de la carretera— se guarda en la garrafa de cinco litros que la Mãezinha trajo del bautizo del nieto mayor.
El día que la campana dobla dos veces
San Bartolomé es día de feria antigua en la plaza: se traen folios de cordero de Marco, miel de Júlio que tiene colmenas en la Sierra de Bornes, y el vino de Toninho que aún usa la prensa de su padre. A las tres de la tarde, cuando el sun escala la pared de la iglesia, el padre Juan pide a los niños que no tiren piedras a la jardinera de geranios que doña Elvira riega cada día con agua de la cisterna. La procesión baja hasta el crucero donde, cuentan, el antiguo prior mandó plantar el castaño: ya van doscientos años y el tronco está hueco, pero aún da castañas.
Lo que se come cuando no viene nadie de fuera
El queso Terrincho se compra a Zeca de Lameiro, que lo hace con leche de sus ovejas y lo lleva los martes al mercado de Carrazeda. La almendra es de aquí mismo —de esos almendros que aún no han arrancado para plantar viña— y se seca en el tejado de la casa de la abuela, donde los mirlos se creen dueños. El jamón de Vinhais huele a ahumado de roble porque Arménio, que se casó con la hija de José, trajo de allí la costumbre de curarlo tres meses. La aceituna Negrinha se conserva en salmuera que doña Alda adereza con hojas de laurel de su huerto: durará hasta Navidad, cuando se come con rojones a la manera del pueblo.
Cuando se va la luz, los perros del pueblo se juntan a la puerta del café, ya cerrado, donde Antonio sigue dentro viendo el telediario. La campana toca las Avemarías y las voces se apagan, porque a las nueve y media empieza la serie y nadie quiere perderse el principio. El humo vuelve a subir, esta vez acompañado del murmullo de la ribera que pasa bajo el puente donde se leyó «Zé+Márcia 1999» y los años no han borrado.